miércoles, 21 de mayo de 2008

El árbol de la ciencia

Y habiendo mordido el hombre del árbol de la ciencia, supo Dios que no tenía más que hacer en el paraíso y le expulsó de él. Supo, pues, que su última obra, que sin ser perfecta era la menos imperfecta, había cumplido sus expectativas. Le había puesto a prueba al hombre, dejándole al lado tan tentador fruto, y el hombre no le había decepcionado. Creó para él un nuevo lugar donde habitar y plantó sobre dicha tierra muchos árboles de la ciencia, tanto del bien como del mal, en iguales proporciones. Mandó al hombre allí y díjole: «Esta será tu nueva casa. Puedes comer lo que quieras de todo cuanto aquí se encuentra. Ya no me dirigiré a ti a no ser que tú te dirijas antes a mí. Tuya será la responsabilidad de lo que aquí hagas, pero te aconsejo que comas del fruto con moderación». Y habiendo creado al hombre a su imagen y semejanza, le concedió finalmente el don de la creación. Pudo Dios, entonces, descansar.

Hallándose el hombre sólo en su nuevo hábitat, se dispuso a comer del fruto que, antes prohibido, ahora encontrábase a su entera disposición. El primer día, justo después de tragar un fruto de color blanco, aprendió el hombre la difícil lección de la supervivencia. Empezó a alimentarse de los recursos que la tierra le ofrecía, y no tardó en dominarlos a su antojo, moldeando poco a poco su entorno en función de sus necesidades. Comenzó entonces a crear más hombres, por lo que le estuvo muy agradecido a la mujer, y ocupado en tales menesteres, abandonó aquellos árboles por algún tiempo, pues recordaba el consejo de Dios de no abusar de sus frutos.

Cuando se cansó, al segundo día, volvió a tomar un fruto del mismo árbol que la primera vez, y entonces creó la herramienta. Hizo con ella grandes avances en sus labores de recolección de alimentos y caza de animales, lo que provocó un ahorro de tiempo considerable. No sabiendo qué hacer el hombre con ese nuevo tiempo del que ahora disponía, comenzó a desarrollar el arte de meditar, que no consistía en otra cosa que intentar comunicarse con Dios, queriendo obtener respuesta a las preguntas que por arte de magia comenzaron a invadir su cabeza. Primero eran del tipo de «¿Cuánto tarda esta semilla en germinar?» o «¿Cuántas bestias hacen falta para alimentar a mi familia?», y luego se volvieron más complejas: «¿Por qué, Dios, me dejas aquí sólo y con libertad para comer de estos árboles?». Pero no obtuvo respuesta alguna por parte de Dios.

Enfadado con su creador, se le ocurrió entonces la vaga idea de que quizá la herramienta le ayudara a responder esas preguntas. Al tercer día, tomó nuevamente el fruto, que esta vez era negro, pues venía de otro tipo de árbol. Descubrió con él el opio, y aprendió con esta nueva cosa a viajar por mundos dispares y a utilizar la imaginación para recorrer terrenos de la realidad aún inexplorados. Con el opio en una mano y la herramienta en la otra, tomó una piedra e hizo de ella una obra de arte. Tenía forma de mujer, pues estaba agradecido por su don de crear hombres, y se la ofreció a esta a modo de adoración.

Pasó el tiempo, y el hombre hizo del hombre más hombres y de la herramienta más herramientas. Cuando se cansaba de usarla, iba a su cabaña y creaba hombres. Cuando se cansaba de utilizar a la mujer, iba a los campos y creaba nuevas herramientas. De vez en cuando usaba, también, el opio, y no volvió a intentar meditar. Pero surgió al cuarto día el dilema de que había demasiadas herramientas para un solo hombre y demasiados hombres para una sola herramienta, por lo que tomó otra vez el fruto blanco del árbol de frutos blancos. Descubrió entonces las ciencias puras, gracias a las cuales desarrolló importantes habilidades de gestión y logística. Dio a cada hombre una herramienta en particular, y dividió a la población en oficios y aldeas. Contento con la nueva disposición y con más tiempo libre que nunca, el hombre descansó el resto del día.

Al quinto día, el hombre se topó con su propio egoísmo. Descubrió, para su sorpresa, que cada aldea miraba por su propio interés y había frecuentes disputas sobre cuál tenía el derecho a explotar los campos colindantes. Aturdido, mordió del fruto negro y creó el arma, encontrando en ella una fantástica solución al problema. El arma se convirtió en el árbitro de la tierra. Las disputas se solucionaban con batallas, y las aldeas menos duchas en la nueva técnica eran o bien eliminadas o bien sometidas al poder de las más fuertes. Estas últimas cada vez podían explotar más campos, incluso los que no le eran cercanos, y la diferencia entre aldea y aldea se fue haciendo cada vez mayor.

Pensó el hombre que ahora tenía muchos enemigos y tenía que dedicar mucho tiempo y esfuerzo al arte de la guerra, que no podía ahora crear hombres y viajar a otros mundos con igual frecuencia, y que su vida era, por ende, peor. Desesperado, volvió a intentar comunicarse con Dios pero este no le respondió. Entonces arrancó del árbol otro fruto blanco, comió de él y creó la moneda al sexto día. Esta mostró ser mucho mejor árbitro que el arma, pues no necesitaba de batallas, muertes ni complicados manejos de armas; y reducía las disputas entre aldeas a un mero trámite, intercambiando unos bienes por otros anteriormente pactados. A pesar de que las aldeas más poderosas tenían acceso a más monedas y las diferencias seguían aumentando, las más débiles dejaron de verse acosadas y aceptaron el nuevo sistema. Se le ocurrió al hombre destruir su arma, pero pensando que podría volver a hacerle falta, la guardó en su casa. El hombre había ganado una vez más en tiempo libre y estaba contento por ello.

Pero la moneda trajo a la vida del hombre cambios más drásticos. Aun disponiendo de mucho tiempo libre, pues con monedas, oficios y herramientas, sus necesidades básicas se cumplían cada vez con mayor rapidez; el hombre cada vez viajaba menos a mundos imaginarios y ya no hacía el mismo caso a su mujer. A penas le regalaba obras de arte y cuando quería utilizarla no tenía más que pegarla con su arma para someterla. Descubrió que la moneda no era un simple árbitro, y había despertado en él nuevas necesidades. Cuando le sobraban monedas, utilizaba los excedentes para comprar a otras aldeas mejores herramientas de las que tenía, que a su vez le permitían hacer su oficio mejor y conseguir más monedas, que volvían a sobrarle y volvía a intercambiar, por lo que, en la práctica, las monedas ya no sobraban nunca. Esto supuso al séptimo día una obsesión patológica en el hombre, que siempre quería tener cuantas más monedas mejor y al final dedicaba más tiempo que nunca a su oficio. Tomó un fruto del árbol de la ciencia, pero nada pareció suceder. Entonces, en un desesperado intento de lograr que su vida volviera a valer la pena, trató de comunicarse con Dios, «¿Qué debo hacer?», preguntó. Y Dios le respondió: «Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo». El hombre decidió hacerle caso y su vida mejoró al instante, puesto que dejó de pensar en su propio interés y dispuso su existencia de un modo más tranquilo.

El hombre estuvo por largo tiempo más feliz que nunca. Ahora se comunicaba con Dios con gran asiduidad, y este parecía tener respuestas sencillas para las preguntas más complejas. Pero este abuso, como es adivinable, acabó volviéndose en su contra: se creó entre la relación del hombre y Dios una situación de dependencia extrema. Esperaba el hombre que Dios resolviera todos sus problemas y comenzó a eludir algunas responsabilidades. Así como en los malos momentos, no tardaba en culpar a este de sus desgracias. Puesto que Dios era el creador del mundo, él tenía la culpa de que una tormenta arrasara sus campos de trigo. Buscando una nueva solución, al octavo día volvió a comer del fruto, y entonces creyó darse cuenta de todo. Entendía el hombre que no era una creación de Dios, sino que este era creación suya: un producto del fruto del anterior día, que había actuado como el opio, haciéndole ver visiones de mundos y seres que no existían. Sumergido en una profunda cólera, cogió el hombre su arma, que había mantenido afilada gracias a sus nuevos usos domésticos, y escaló hasta la más alta montaña. Una vez allí, llamó a Dios a gritos, y cuando este apareció frente a él, le mató.

Y habiendo derrotado el hombre cara a cara a Dios, le expulsó de sus tierras. Ya no le necesitaba. Era su capacidad intelectiva y no Dios la que le había sacado una y otra vez de todos los entuertos que él mismo había ido creando. No volvería el hombre a intentar comunicarse con Dios, pues estaba muerto, y si tenía algún problema para el que hiciera falta una nueva solución, le bastaría con morder del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, que mostrábase cada vez más útil. Y tal ocasión no tardó en aparecer: al noveno día se despertó el hombre viendo que había en toda la faz de la tierra un gran alboroto. Las personas, desprovistas ahora de un ente todopoderoso que les dijera como debían comportarse en cada momento, se encontraban ahora en eterno e insalvable conflicto. Los unos asediaban las aldeas de los otros, poniendo en juego su vida por un poco de pan, y no había castigo divino que pusiera las cosas en su sitio. Vio el hombre que era necesario instaurar un nuevo poder que acabara con la anarquía y el desequilibrio, propio de una sociedad que parecía haberse podrido. Y como por arte de magia, el hombre encontró la panacea definitiva para sus males mientras se alimentaba del valioso fruto. Reunió entonces todas las aldeas en un vastísimo territorio llamado «estado», e hizo creer a los demás hombres que todos formaban parte del mismo equipo, por lo que no tenían que arrebatarse las cosas entre sí, sino colaborar juntos por el «bien común del estado», concepto que él mismo se había inventado en su momento más lúcido. Para hacer más creíble esta invención, dotó al estado de poderes ilimitados, y en un intento del hombre de ponerse en la piel de Dios, creó una cantidad de normas incontables hasta para los cerebros más doctos, logrando así que el comportamiento humano se rigiese por una enmarañada red de leyes que nadie entendía pero que inspiraba temor y lograba mantener el orden. Para dotar a este personaje ficticio de más credibilidad, empleó a un gran número de personas cuyo oficio era mantener viva tal entidad, a cambio de una buena retribución y mayor flexibilidad de horarios. Una vez llevada a cabo la nueva artimaña y siendo evaluado su éxito, el hombre se hizo creer a sí mismo que tal invención existía. «El estado–se dijo- es la suma de todos nosotros» aunque la realidad era que unos formaban más parte de él que otros. Pero haciendo creer que tales diferencias no existían, logró el hombre que las personas más desfavorecidas en este nuevo sistema y que en un principio se mostraban reacias a él, intentaran luchar por tener cada vez mayor representatividad, y acabaron legitimando un sistema que les excluía.

Pero, ¿eran todos los individuos realmente iguales ante la ley? ¿Significaban algo la «razón de estado», «separación de poderes » y todas esas expresiones nuevas? ¿A quién beneficiaba realmente el «bien común»? «Afortunadamente, son estas cuestiones que el hombre tardará mucho tiempo en preguntarse» se dijo el hombre mientras mordía nuevamente del fruto del árbol de la ciencia, pues ahora que Dios había muerto no tenía por qué seguir sus consejos y comía de estos frutos hasta saciarse. Así desarrollaba el hombre cada vez con más rapidez nuevos utensilios que le harían su vida aparentemente más fácil, pero que provocaban a su vez nuevos problemas que requerían de nuevas soluciones. Y como una pescadilla que se muerde la cola, la vida del hombre se fue haciendo cada vez más complicada. Pero de lo que no se percató el hombre es que había dejado de diferenciar entre los frutos negros y los frutos blancos, pareciéndoles ahora todos grises. Y entre fruto y fruto, el noveno día terminó.





NOTA AL LECTOR: La historia queda abierta porque aún no está escrita, y no soy yo sino el hombre quien debe escribirla. Previsiblemente, el abuso del árbol de la ciencia desembocará en creaciones del hombre cada vez menos imperfectas, que acabarán superándole, ahogándole y sepultándole; y una vez el hombre haya sido vencido por su herramienta al décimo día, estas le expulsarán de la tierra y comenzará una nueva era donde tendrán que valerse por sí mismas, volviendo de nuevo al principio de la historia. Pero todo esto aún no ha ocurrido y puede que no ocurra nunca, pues el hombre es libre de sus actos y la historia no es ajena a puntos de inflexión, ya sea por una catástrofe nuclear, una revuelta del hombre contra el estado o, quién sabe, la resurrección de Dios.

Madrid, Mayo de 2008

Son Gohan II el Romántico

lunes, 12 de mayo de 2008

La canción del cultureta

Pegados a los anteojos
vemos la vida al trasluz
gafapastas o despojos
envidioso nos dirás tú

Con un chaleco estampado
y mis chapas de Espinete
del Elástico la gente
saldrá directa a mi rabo

Tira el mantel de la yaya
que con él me haré una toga
pues cuando falten las drogas
nos vestiremos a rayas

Vivimos la vida a lo indie
sin un pavo en el bolsillo
salvo para cigarrillos
y la discografía de los Wilco

Novelizamos a Al Gore
nos chutamos como Doherty
divinizamos a Björk
nos empedamos con Wyoming

Lubricar con Jean Luc Godard
en cada salto de eje
partirse con Billy Wilder
aunque no hacer gracia intente

Hasta donde hemos llegado
contemplad el disparate
a eructar lo llaman arte
si es cine dogmatizado

¡Qué bien! ¡Qué bien!
¡El año de Bardem!

Qué sorpresón el que viene
Fran reaparece en la tele
cuán boquiabierto me deja
Concha apoyando al cejas

Recemos al Arquitecto
rociados de champán
que José Luis no entrará
en nuestro grupo selecto

Qué desfachatez la mía
meterme en esta tarea
sin idea de poesía
ni padrino que me lea

Mas no pretende mi canción
ganar ningún galardón
gafa de oro dos mil ocho
o cualquier otro bizcocho

Sólo inclinar mi sombrero
y tocar fuerte mi corneta
ante el señor Rockefeller
y la panda cultureta

¡Qué bien! ¡Qué bien!
¡El año de Bardem!
Pedro con su gran ganga,
Medem rojo y amarillo
brindando en El parnasillo,
Najwa les seca el tanga
¡Qué bien! ¡Qué bien!
¡Comemos con Isabel!
Madrid, Mayo de 2008
El cuarto drugo