Vidal se tumba en su lecho fatigado, mientras a pocos metros resuenan gritos bárbaros de los más inidentificables dialectos, sedientos de venganza todos ellos. No es el calabozo, pero para él, como si lo fuera. Trabaja forzosamente durante todo el día y llega a su habitáculo lo suficientemente cansado como para no poder pensar en nada. En lugar de desempolvar el único libro que ha podido traer consigo, prefiere observar peleas de travestis por su ventanuco enrejado hasta que se le cierren los ojos. Los himnos guturales que repiten una y otra vez en los campos de trigo le taladran lentamente hasta que empiezan a gustarle. El entrenimiento pasivo le acaba devorando poco a poco. Los días se suceden unos a otros sin sentido ni objetivo. Se sorprende al darse cuenta de que la realidad que está viviendo solía ser un sueño recurrente en el pasado. Vidal siente que se está embruteciendo, que acabará como todos los demás. Con las manos encalladas, lo cierto es que cada vez se asemeja más. A veces piensa.
Recuerda como ha ido a parar hasta allí. Intentó beberse de un trago a una ciudad entera, tal y como hacía el Capitán Eduardo. La retó a puñetazos como el típico pujil amateur que de pura ignorancia se las ve todas consigo, pero cuando parecía que el combate llegaba a su fin recibe un cabezazo que le tumba en el asfalto. K. O. directo. Recuerda aquella historia del niño acorralado que da una patada al mundo y el mundo se la devuelve encabronado. Vidal se ríe. Piensa que podía haber sido mucho peor. En lugar de un cabezazo, pudieron haberle roto las piernas, o las costillas, o todo a la vez. Sólo es cuestión de cabrear a la ciudad lo suficiente. Ella siempre sabrá darte tu merecido, piensa.
Entre las peleas de travestis y los gritos del fondo, Vidal logra congelar el tiempo y acariciar un poco ese segundo en el que se siente lamentablemente único. Incluso llega a sonreír. Siente que ha aprendido algo. Acaba de ver un pequeño destello. Quizá pronto empiece a aparecer la luz del tunel.
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Rechazar las propias experiencias es detener el propio desarrollo. Negar las propias experiencias es poner una mentira en los labios de la propia vida. No hay una sola degradación del cuerpo que no deba tratar de convertir en espiritualización del alma. Oscar Wilde
