Samsagaz se despierta todos los días con la salida del sol. Cada vez se ve más viejo y cansado, pero disfruta como un niño con cada pequeña cosa. Pasearse por los vastos campos de La comarca en pleno periodo de colecta, fumar hierba tranquilamente sentado en su terracita, hablar de negocietes con sus viejos amigos en la taberna, el simple y llano día a día constituye para él la paz espiritual que tanto anheló cuando era joven.
Pero este verano ha sido con diferencia el más caluroso de su amplia memoria. Sentado a la sombra de su alcornoque favorito, como todos los días, Samsagaz atrapa por un momento la extraña idea de que el sitio en el que ha vivido siempre ha dejado de ser lo que era antes. Los narcisos de su jardín se mueren cada vez con mayor rapidez. Las cigüeñas no han vuelto a Hobbiton desde hace dos temporadas. La realidad está adquiriendo tonos sepias. Algo intangible está ahogando la atmósfera de la tierra que él mismo defendió del mal hace ya muchos años.
La gente de su generación se ha vuelto pasiva y complaciente. Los jóvenes están cada vez peor educados. Hay en el ambiente una sensación de cansancio general y de falta de proyectos. Las niñas ya no quieren ser princesas. La juventud en general parece haberse metido en un pozo sin fondo. Quizá es por esa música infernal que tanto les gusta.
En la plaza del pueblo la orquesta que tocaba a los clásicos fue sustituida por unos muchachos esqueléticos que gritan como cabras. A veces cogen canciones antiguas y las reinventan con instrumentos artificiales muy desagradables. Otras veces simplemente dan golpes, sin sentido del ritmo ni preocupación alguna. Alrededor de ellos, los chavales bailan primitivamente, restregándose como animalillos en celo, como si estuvieran en una especie de danza del fuego visceral.
Parecen estar en pleno éxtasis. Fuman hasta enronquecer, bailan apretujados como mariscos en una sartén, cociéndose poco a poco en el ambiente desoxigenado. A menudo se pelean entre ellos por pura diversión. Sus miradas reflejan inmenso odio. Sin ningún tipo de decoro, se agujerean las comisuras de los labios para introducirse extraños anillos por toda la cara. Sam no había visto algo parecido desde que luchó contra montones de feos orcos en aquella torre del sitio innombrable.
Entonces, sentado a la sombra de su alcornoque favorito, lo comprende todo. El señor oscuro ha estado jugando sus cartas delante de sus narices, introduciéndose de la manera más sutil en cada aldea, controlando a sus gentes con música embrutecedora y extraños anillos del poder llenos de pinchos. Cabizbajo, se enciende su pipa y comienza a entonar la sintonía del fracaso, entendiendo tristemente que el mal ha vencido.

