lunes, 16 de noviembre de 2009

Life on Mars?



Recuerdo perfectamente el primer debate sobre la pena de muerte de mi vida. Fue en 6º de Primaria durante la clase de Religión. La señorita decidió preguntarnos qué pensábamos del tema. Entonces, sin pensarlo demasiado, y guiándonos fundamentalmente por lo que decían en casa nuestros papás, la mayoría de los chavales afirmamos en ese momento estar a favor, ante los ojos atónitos de la seño.

¡Pero nadie tiene derecho a decidir por la vida de nadie!, espetaba esta. ¡Si matas a un asesino te pones a su altura!

Si piensas eso es porque nadie ha matado a ningún familiar tuyo, le contestaba Sandrita. Si te pasara, seguro que pensarías como nosotros, y todos la mirábamos asintiendo.

La cosa es esta. Según han ido pasando los años he podido constatar la triste realidad de que todos estos debates, pena de muerte, aborto, eutanasia y sucedáneos, no han evolucionado ni un ápice desde que teníamos once tiernos años. Aprendemos palabras nuevas, ampliamos nuestro mundo, escuchamos a más líderes de opinión, sofisticamos nuestro lenguaje, pero muy, muy pocas veces, pensamos. Es lamentable comprobar cómo la mayoría de las partes constitutivas de la mesa se guían, por encima de cualquier cosa, por argumentos puramente emotivos. Todo intento de raciocinio se reduce a con qué pie nos hemos levantado hoy, cuántas expectativas cubrimos con nuestro salario o cuánto tiempo llevamos sin tocar a una mujer. Sin más. Como los monos.

No existe ningún motivo a día de hoy para tener que emprender la difícil tarea de pensar por nosotros mismos. Vemos el telediario sólo para poder tener motivos por los que indignarnos. Con cada nueva noticia recibimos nuestra cantidad periódica de carne fresca sobre la que poder descargar nuestra ira. Nos alegramos de que a pesar de los avances tecnológicos, los periodistas nos sigan mostrando la realidad en blanco y negro, con buenos y malos, como las guerras y los partidos de fútbol.

¿Qué nos importa la cantidad de matices que puede tener cada caso que aparece ante nuestros ojos, si todo ello no va a caber en el minuto y medio que, con suerte, le pensamos dedicar? Lo que queremos es ver sufrir a los malvados, quienquiera que estos sean. Preferimos una información lo más mascada posible, que no dé lugar a dudas de ningún tipo, y que se engulla con la facilidad de una papilla. Mamá, párteme los trocitos más pequeños que luego me atraganto.

Hecha la digestión, bajamos al bar a comentar el tema que marque la agenda. Amantes todos de la santa polémica, sacamos nuestras armas para defender unas teorías de las que nos creemos dueños. Obviamente, lo importante es hablar y no escuchar. Con facilidad pasmosa mezclamos el chiste con el argumento. El tiempo corre y quien haga el comentario más vasto se lleva la palma. Deberían cortarles a todos el cuello.

Como los monos, necesitamos hacer cosas para entretenernos. Da igual engancharse a Perdidos que tomarse una copa o jugar al Buscaminas. Lo importante es matar el tiempo, como si este fuera un ser monstruoso al que tuviéramos que clavarle una estaca para librar a nuestras vidas de su abominable tic tac. ¡Pero no me venga con monsergas, oiga, que yo voy al cine a pasar el rato!

¿Para qué pararnos un segundo a intentar desarrollar algo tan complejo e innecesario como tener ideas propias? Preferimos delegar nuestra percepción intelectual de la existencia en amigos, iconos sociales, o aún mejor, medios de comunicación, que es lo más cómodo desde que se inventó el mando a distancia. Lo que poca gente entiende es que al entregar nuestro raciocinio a todos esos agentes externos, como si el alma fuera algo demasiado pesado con lo que cargar, estamos perdiendo precisamente aquello tan valioso que nos diferenciaba del animal puro y duro.

Entonces, ¿con qué derecho metemos en jaulas a nuestros primos lejanos? ¿Qué diferencia hay entre estas y un plató de televisión? ¿Qué puñetas ha pasado con aquel hombre que llegó a la luna?

Quizá el problema esté en que todo aquello se lo inventó…

Sailors fighting in the dance hall. Oh, man! Look at those cavemen go. It's the freakiest show! Take a look at the lawman beating up the wrong guy. Oh, man! Wonder if he'll ever know. He is in the best selling show. Is there life on Mars? David Bowie

miércoles, 4 de noviembre de 2009

La resaca de Mike

Mike despierta a primera hora de la tarde sumido en una confusión esponjosa. Siente como si le hubieran abierto la cabeza con un hacha. Bebe un poco de agua. Mea. Vuelve a la cama. Lentamente, se reubica en el angosto espacio de su habitación. Siente como si una extraña fuerza centrífuga le prensara el cerebro. Bebe más agua. Mea. Vuelve a la cama. Casi se cae de morros al tropezarse con su ropa del día anterior desparramada por el suelo. Bebe agua. Enciende la televisión. «Michael Jackson ha muerto» dice un periodista.



Mike intenta recordar. Un oscuro paréntesis continúa en su cerebro al punto y aparte que marca la cantidad ingente de alcohol con la que decide compartir normalmente su tiempo libre. Lentamente, va cogiendo pedazo a pedazo los recuerdos de una noche destrozada. Un lienzo surrealista empieza a pintarse ante sus ojos mientras el rostro le palidece de manera directamente proporcional. Joder. Mea. Cómo coño se le pudo pirar tanto. Bebe un poco de agua. Vuelve a la cama. Se caga en Dios.



Los recuerdos de anoche se van revelando poco a poco, aunque algunos puntos quedarán borrosos para siempre. Como un puzle a medio construir, como un antiguo carrete de fotos, como una peli de terror de las malas. Bebe. Mea. Vuelve a la cama.



Descubre con horror el efecto de unos tragos demasiado largos, la locura de sacar a Mr. Hyde a pasear, el sonido de un crimen y castigo escondidos a la vuelta de la esquina, la rabia de tropezar en el último escalón… Se le junta el hambre con las ganas de potar.



Mike se pregunta dónde van todos esos recuerdos que nunca tendrá. Quizá sea mejor así, piensa, que el cerebro los olvide. Puede que solo sea un mecanismo de autodefensa para alejarnos de la locura, como una caja de Pandora que nunca debe ser abierta. Siente el apetito de destruir varios objetos cercanos. Mea. Escupe intentando vomitar.



La confusión le hace tiritar. Sus neuronas están en plena guerra civil. Montones de ideas dispares asaltan su malherida cabeza. El marchitar de las flores en otoño. Un cementerio de sueños hechos añicos mucho antes de lo debido. El descubrimiento de sus primeras arrugas. La sangre en las manos de Dorian. Ese «I’m falling and I can’t turn back» del Dance with Devil…



Se mira al espejo y se pregunta qué coño ha pasado consigo.



«Es una tragedia» dice un periodista.



Entre el dolor de cabeza y las ganas de matar a alguien, se pregunta a sí mismo cuándo perdió el rumbo.



«Y era tal su confianza en la seguridad de tal refugio, que al perderlo, experimentó por primera vez esa sensación tristísima de las irreparables pérdidas y del vacío de la vida, sensación que en plena juventud equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrás, quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante» Benito Pérez Galdós