Y de pronto la risa se tornó en llanto. Gritos de dolor y espanto imperaban en medio de la implacable tormenta como siniestros fuegos artificiales celebrando la noche infinita. Algunas leves e inseguras carcajadas intentaban maltapar aquel mapa de sangre, sudor y lágrimas. Pero ya de nada servían todos esos trucos baratos.
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Muy lejos de allí, Vidal permanecía sentado sobre el barrio sucio, dialogando a solas con la luna llena, inmutable ante cualquier tempestad. Su tormenta era la misma que la de aquel lugar lejano, que antaño llamaba hogar. Observaba las gotas de lluvia caer violentamente sobre él, encharcando cualquier intento de tranquilidad, derribando los frágiles castillos de papel que él mismo se había construido, haciendo añicos esos sencillos pensamientos que le ayudaban a malvivir. La lluvia le estaba poco a poco limpiando el alma.
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Sobre el cielo oscuro, una gigantesca nube en forma de faraón parecía mirarle fijamente, señora de la noche, sonriendo como ociosa artífice de la tragicomedia, susurrándole al oído: "Mi nombre es Ozymandias, rey de reyes. Contemplad mi obra, vosotros los poderosos, y abandonad toda esperanza". Todo era tal y como lo soñó una vez. Vidal permanecía ahí sentado mirando fijamente al abismo. Vano era ya intentar refugiarse. Y fue en medio de la oscuridad donde logró ver la Luz. No un pequeño y efímero chispazo, ni un suave reflejo de esos que invitan a seguir tirando de la cuerda, sino la Luz.
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En plena catarsis, Vidal lloraba desconsoladamente, sintiendo como una fuerza etérea le perfumaba todo su cuerpo con amor de madre. La oscuridad desapareció. Recordó que no todas las lágrimas son amargas, y que se pueden sembrar rosas en el mismo infierno. Recordó también esos oscuros estigmas grabados a fuego en el corazón, y pensó que hay lecciones que es mejor no olvidar nunca. Recordó aquella triste melodía que escuchó una vez cuando el viejo Piccolo le llevó a la feria, y entonces lloró aún más. Se acordó de muchas cosas, incluso de aquel engreído pero certero hombre de la maleta vacía. Entonces supo por fin cuál era el verdadero significado de la magia blanca. Supo que en su mapa no hay lugar para el miedo, que todo iba a salir bien. Y supo que era hora de volver a casa.
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Con vigor renovado, el que una vez fue príncipe comenzó a recitar aquellas bellas palabras escritas en caló: Bus junelo a purí golí e men arate sos guillabela duquelando palal gres e berrochí, prejenelo a Undebé sos bué men orchí callí ta andiar diñelo andoba suetí rujis pre alangarí.
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Tras la tormenta el sol salió, resplandeciente y seguro de sí mismo, con la buena nueva bajo el brazo. Era el fin del Comediante.
