Cuentan que una vez un príncipe déspota y mentiroso gonernaba nuestro reino más tumbado que de pie. Corrían malas temporadas para los cultivos y el pueblo empezaba a pasar hambre. Mientras tanto, en palacio las juergas eran cada vez más sangrantes, se derrochaba oro por doquier, la gestión de recursos brillaba por su ausencia, la orgía no parecía tener fin.
Con el paso del tiempo el pueblo empezó a recibir noticias de tales excesos, por lo que empezó a amenazar con alzarse en armas contra sus gobernantes si no les daban una explicación convincente. La camarilla avisó de esto al príncipe, y tras largas discusiones, dispusieron que lo mejor sería que el príncipe bajara al campo a contactar de manera directa con sus súbditos para calmar los ánimos e infundir respeto de nuevo.
El panorama fue desolador. El príncipe pudo comprobar con sus propios ojos cómo la gente intentaba sobrevivir de mala manera en la miseria más absoluta. Ya en la plaza del pueblo, la multitud le rodeó impidiéndole toda escapatoria. Se mostraron verdaderamente agresivos, cada uno por separado le gritaba sus problemas particulares, señalándole todos como el culpable de sus desgracias. Muchos de ellos no tenían trabajo para sustentar a su familia y sobrevivir el duro invierno, otros padecían subalimentación aguda, incluso había algunos con peste. Los más radicales llegaron a alzar sus azadones desafiando a la autoridad, pero sus herramientas blandurrias no podrían hacer nada contra la flamante hoja viperina del soberano, que por cierto era gran espadachín.
Cuando la escena llegaba a su momento más tenso, de repente apareció entre el gentío un pequeño sapo. El animal se acercó al príncipe y se arrodilló ante él. Después le habló con gran respeto sobre su triste condición y le preguntó si él podría hacer algo para ayudarle. La gente se calmó al escuchar su historia, y en seguida se mostraron compasivos. Observando la situación con gran astucia, el príncipe le tomó la mano al sapo y le besó con gran ternura. Acto seguido y como si de magia se tratara, el sapo se convirtió en una hermosa princesa. El pueblo no podía dar crédito a lo que acababa de ver, y estalló en vítores conmocionado, alabando con desmesura la actuación real. Por unos momentos se olvidaron de sus problemas, encargaron perdices para cenar y fueron felices hasta el día siguiente.
El mito está más vivo que nunca.
Las bellas princesas de tierras lejanas sabían lo que se hacían.
Maquiavelo da palmas con las orejas.
Con el paso del tiempo el pueblo empezó a recibir noticias de tales excesos, por lo que empezó a amenazar con alzarse en armas contra sus gobernantes si no les daban una explicación convincente. La camarilla avisó de esto al príncipe, y tras largas discusiones, dispusieron que lo mejor sería que el príncipe bajara al campo a contactar de manera directa con sus súbditos para calmar los ánimos e infundir respeto de nuevo.
El panorama fue desolador. El príncipe pudo comprobar con sus propios ojos cómo la gente intentaba sobrevivir de mala manera en la miseria más absoluta. Ya en la plaza del pueblo, la multitud le rodeó impidiéndole toda escapatoria. Se mostraron verdaderamente agresivos, cada uno por separado le gritaba sus problemas particulares, señalándole todos como el culpable de sus desgracias. Muchos de ellos no tenían trabajo para sustentar a su familia y sobrevivir el duro invierno, otros padecían subalimentación aguda, incluso había algunos con peste. Los más radicales llegaron a alzar sus azadones desafiando a la autoridad, pero sus herramientas blandurrias no podrían hacer nada contra la flamante hoja viperina del soberano, que por cierto era gran espadachín.
Cuando la escena llegaba a su momento más tenso, de repente apareció entre el gentío un pequeño sapo. El animal se acercó al príncipe y se arrodilló ante él. Después le habló con gran respeto sobre su triste condición y le preguntó si él podría hacer algo para ayudarle. La gente se calmó al escuchar su historia, y en seguida se mostraron compasivos. Observando la situación con gran astucia, el príncipe le tomó la mano al sapo y le besó con gran ternura. Acto seguido y como si de magia se tratara, el sapo se convirtió en una hermosa princesa. El pueblo no podía dar crédito a lo que acababa de ver, y estalló en vítores conmocionado, alabando con desmesura la actuación real. Por unos momentos se olvidaron de sus problemas, encargaron perdices para cenar y fueron felices hasta el día siguiente.
El mito está más vivo que nunca.
Las bellas princesas de tierras lejanas sabían lo que se hacían.
Maquiavelo da palmas con las orejas.
