Mike despierta a primera hora de la tarde sumido en una confusión esponjosa. Siente como si le hubieran abierto la cabeza con un hacha. Bebe un poco de agua. Mea. Vuelve a la cama. Lentamente, se reubica en el angosto espacio de su habitación. Siente como si una extraña fuerza centrífuga le prensara el cerebro. Bebe más agua. Mea. Vuelve a la cama. Casi se cae de morros al tropezarse con su ropa del día anterior desparramada por el suelo. Bebe agua. Enciende la televisión. «Michael Jackson ha muerto» dice un periodista.
Mike intenta recordar. Un oscuro paréntesis continúa en su cerebro al punto y aparte que marca la cantidad ingente de alcohol con la que decide compartir normalmente su tiempo libre. Lentamente, va cogiendo pedazo a pedazo los recuerdos de una noche destrozada. Un lienzo surrealista empieza a pintarse ante sus ojos mientras el rostro le palidece de manera directamente proporcional. Joder. Mea. Cómo coño se le pudo pirar tanto. Bebe un poco de agua. Vuelve a la cama. Se caga en Dios.
Los recuerdos de anoche se van revelando poco a poco, aunque algunos puntos quedarán borrosos para siempre. Como un puzle a medio construir, como un antiguo carrete de fotos, como una peli de terror de las malas. Bebe. Mea. Vuelve a la cama.
Descubre con horror el efecto de unos tragos demasiado largos, la locura de sacar a Mr. Hyde a pasear, el sonido de un crimen y castigo escondidos a la vuelta de la esquina, la rabia de tropezar en el último escalón… Se le junta el hambre con las ganas de potar.
Mike se pregunta dónde van todos esos recuerdos que nunca tendrá. Quizá sea mejor así, piensa, que el cerebro los olvide. Puede que solo sea un mecanismo de autodefensa para alejarnos de la locura, como una caja de Pandora que nunca debe ser abierta. Siente el apetito de destruir varios objetos cercanos. Mea. Escupe intentando vomitar.
La confusión le hace tiritar. Sus neuronas están en plena guerra civil. Montones de ideas dispares asaltan su malherida cabeza. El marchitar de las flores en otoño. Un cementerio de sueños hechos añicos mucho antes de lo debido. El descubrimiento de sus primeras arrugas. La sangre en las manos de Dorian. Ese «I’m falling and I can’t turn back» del Dance with Devil…
Se mira al espejo y se pregunta qué coño ha pasado consigo.
«Es una tragedia» dice un periodista.
Entre el dolor de cabeza y las ganas de matar a alguien, se pregunta a sí mismo cuándo perdió el rumbo.
«Y era tal su confianza en la seguridad de tal refugio, que al perderlo, experimentó por primera vez esa sensación tristísima de las irreparables pérdidas y del vacío de la vida, sensación que en plena juventud equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrás, quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante» Benito Pérez Galdós

1 comentario:
¡Qué bueno eres contando historias coño! ¡Qué gusto escuchar al Comediante! ¡Qué grata la nueva entrada! Esperemos que el puzzle se vaya completando poco a poco...
Publicar un comentario