*****
La barca de caronte es el metro en hora punta. «Corran, corran, apuñálense, que el barquero no espera más» oigo decir a la ratita presumida medio desvestida. Qué fácil es ser ardiente en la casa de Satanás, donde el ideal de belleza lo marca la ramera. Muchos la siguen y se apuntalan, buscando su pequeño rinconcito, pues la gracia del queso roído es su exceso de agujeros. Mienten, roban, matan, los pequeños buitres por su minuto de gloria. No es tarea sencilla darse a conocer en una metrópoli y las artimañas son de lo más variadas: el chiste convertido en argumento, el ideal convertido en marca... reza un chino en medio de la multitud, al grito de palaguas lepublicanos. «Balatos, balatos». Esclavos todos ellos, y no lo saben. Las bestias del inframundo les tiran mendrugos de pan que son como piedras que te dan y te escalabran, sin dejar de chillar «Subnormales, subnormales, SUBNORMALES». Mientras, la botella de Absenta me dice: «Chupa, chupa, que yo te aviso cuando pase algo». Algunos hombres, con la cabeza ya abierta, se desfiguran a la luz de la luna, convertidos en diablillos que siembran el caos por doquier, unidos todos juntos a la fiesta de Lucifer, cantando y graznando en la noche infinita, bailando y trotando en el reino sin trono. Rebuznan con cada idea, gruñen con cada azote, ríen como hienas estúpidas, chillan como gallinillas a las que dan ganas de rebanarlas el pescuezo. Yo, mientras, chupo y requetechupo, dejando bien limpito el único sable que parece haber por aquí. Entonces aparece la gran bestia, vestida toda de seda, pues no corren tiempos como para descuidar la imagen. Rugiendo y devastando cuanto encuentra a su paso, cubre el anticristo con su negrura cualquier horizonte posible. Bestia se queda; cual ni la música logra amansar, pues aquí todo lo que se oye es la marcha militar de los chulos y las putas. Extasiado, intento silbar a contrapunto de este apocalipsis sinfónico, pero no parece que haya aire; sólo un calor sofocante y estrangulador que por momentos me lleva a quitarme la ropa y unirme al jolgorio. Los carroñeros, con la fuerza de mil demonios, me engullen hacia dentro, unas veces contra mi voluntad y otras de pleno consentimiento, tirándome de unas extremidades que ya ni siento mías, y yo me hundo en el lodo. Bien cogido del rabo me sumerjo en un océano de putrefacción, donde los que no saben nadar se agarran a lo que pillan, haciendo cada uno lo que puede por morder y no ser mordido; y los que saben nadar chapotean panchamente en su propio vómito, como si de la cámara secreta del Tío Gilito se tratara. Y es que a la luz infernal la mugre se confunde con el oro. El becerrillo adora al becerro, cantando y graznando en la noche infinita, bailando y trotando en el reino sin trono.
Madrid, Diciembre de 2008
Eduardo I, El Comediante