lunes, 28 de diciembre de 2009

Para mear y no echar gota

EL PERSONAJE DE MR.T, SAQUEADO Y ASESINADO EN WORLD OF WARCRAFT
Fuente:http://www.meristation.com/v3/des_noticia.php?id=cw4b33b2c1727ef&pic=GEN

Donnie flipa en colores. Dicen que las fronteras entre realidad y ficción a veces son difusas. Nulas, diría yo, según qué casos. No hay más que leer de qué manera es tratado el trágico acontecimiento: "Parece que el respeto a las viejas glorias se está perdiendo hasta en World of Warcraft. Según informa el popular actor Lawrence Tureaud, un grupo de 5 personajes aún no identificados, le tendieron una emboscada sobre su alter ego en el popular juego de rol online de Blizzard. Sin mediar ningún intercambio de palabras, BadAttitude, nombre que utiliza Mr. T en el MMORPG, fue paralizado y posteriormente golpeado repetidamente hasta que su personaje perdió todos sus puntos de vida". Qué signo más claro puede haber del oscuro devenir de los tiempos y de la progresiva pérdida de valores.
.
Al parecer fue todo cuestión de pasta. La víctima poseía unas "famosas granadas mohicanas, que alcanzarían precios astronómicos en el mercado negro". Aaamigo. Haber empezado por ahí. En un mundo donde la gente pagaría varios cientos de euros de verdad por cualquier espada legendaria de moda, es de locos mostrar incredulidad y desconcierto cuando cuatro picarones hacen lo que llevan haciendo por los siglos de los siglos: pecar por dinero.
.
No faltan los politófagos de turno. "Los moderadores han expresado su más profunda desaprobación ante tal hecho, y se trabaja en la revisión de los registros del juego para poner nombre a los usuarios causantes de este acto". Quién sabe si actúan movidos por agarrar un puñado de sucios votos, por la noble pretensión de tranquilizar las turbias aguas de la opinión pública o quizá por auténtico miedo ante la posibilidad de que el pacto entre elfos, humanos, enanos y demás pueblos se rompa y el terror vuelva a imperar de nuevo.
.
La víctima ya ha expresado su profundo malestar: "Alega que 'es incomprensible que este tipo de actos puedan suceder en la sociedad en la que vivimos.', que 'le dan pena esos bobos que no son capaces de distinguir entre un juego y la realidad.' y que 'si algo aprendimos de El Equipo A es que los problemas pueden solucionarse sin tener que matar a nadie". Como dice el esperpento, me quito el cráneo.
.
El pueblo no puede quedarse cruzado de brazos. Los agresores deben morder el polvo. Según la fuente, "Últimos informes aseguran que se han formado partidas de voluntarios para dar caza a los responsables de esta transgresión", siguiendo la estela del Clint Eastwood de Sin Perdón, azote de maleantes, decidido a hacer justicia en esta sociedad embrutecida. "Varios testigos afirman que el grupo estaba formado por dos Blood Elf (un pícaro y un Death Knight), un Troll (guerrero), un Undead (mago) y, lo más sorprendente aún, un Tauren Paladin".
.
Los más pesimistas han empezado a elaborar sesudas teorías: "Algunos expertos se atreven a presagiar que nos encontramos ante un grupo organizado que actúa a escala mundial, probablemente para adquirir fama entre la comunidad de usuarios de este título mediante estas agresiones premeditadas". Parece que Obama tiene trabajo por delante.
.
A la espera de que se monten plataformas que reivindiquen un Código Penal que acabe con toda esta anarquía, alguien debería explicarle a estos chavales que todo aquello No es real.

domingo, 13 de diciembre de 2009

Gajes del oficio


La mueca que luce es preciosa. Parece la de un niño pijo superado por las circunstancias. Los tipos como él deben de pensar en esos momentos en su honor mancillado antes que en cualquier otra cosa. Si ya es sano, para la humildad de cualquier hombre, sentirse de vez en cuando como una hormiga pisoteada, mucho más lo es para aquellos que se creen intocables y se dedican día a día a ser ellos los que pisotean. Ya lo dice Pérez-Reverte, lo malo de la gente como Berlusconi es que siempre tienen el culo cubierto. No serán ellos los que paguen por sus fechorías. Por eso nos encanta ver a William Hamleigh mearse en los pantalones mientras camina hacia la horca después de más de mil páginas dando por culo.

El señor que le agredió será fustigado por la prensa, enviado directamente a prisión o a un manicomio. La gente se echará las manos a la cabeza ante tal aberración, y cerrarán, como siempre, los ojos. Los medios le tildarán de perturbado y su pequeña historia de «más vale ser rey por un día que idiota toda una vida» será sepultada bajo toneladas de hechos noticiosos tan pronto como salga el sol y los resultados de la jornada deportiva de turno. El Duce volverá a salir en la tele con su sonrisa de guiñol y su discurso bien preparado, mostrando de nuevo esa fortaleza que suele aparentar bajo situaciones que sí controla. Será él quien gane, como siempre, la batalla. Pero esta vez le ha sangrado la nariz, y su sangre era tan roja como la nuestra.

La fiesta de las máscaras

Con paso temeroso, el individuo se acerca vacilante al lugar de la celebración. «Prohibida la entrada sin disfraz» reza la invitación que recibió unos días atrás. Él no tiene nada claro que una careta pueda suplantar su verdadero rostro. Pero un día es un día, y todos sus amigos van a ir. Antes de llamar al timbre, se embuta la vestidura pertinente y respira hondo frente al portalón, que hoy más que nunca parece una pequeña antesala al circo de los horrores. No se le dan bien estas cosas. La máscara de payaso le impide observar bien la situación.


En el ambiente se respira una mezcla de alegre intrascendencia con fanta naranja servida en vasos de tubo de plástico. La coca, como siempre, sin cola. El individuo divaga por la estancia arrastrando su aspecto tragicómico en busca de sus compis. Qué felices parecen los ciudadanos de la perpetua carnavalada. Cuán ávidamente parlotean sobre todo aquello que la banalidad en su máxima expresión puede abarcar. Cowboys de medianoche, jokers de cartón, transexuales por un día, putas que van de monjas y monjas que van de putas… todos ellos ríen al unísono. El hombrecillo saluda a algunos conocidos con desgana bien escondida, intentando no mezclarse demasiado con la turba de engreídos, como si manoteara contra moscones imaginarios, luchando para que su mediocridad manifiesta no consiga envenenarle a él.


Todos los invitados ostentan amigablemente sus disfraces, luciendo orgullosos los lustrosos garabatos que ocultan una personalidad desfigurada. No hay realidad, sólo máscaras. En uno de los corros se observan verdaderas peleas por ver quién hace la broma más burda, el comentario más soez o la anécdota más desternillante, siempre cada uno desde su papel. El alcohol ejerce de sabio árbitro desde el centro de la mesa. Es el gran elemento conciliador. Perfecto anfitrión que te abre las puertas del Averno.


No lejos de ahí, varios estafadores concurren al prestigioso certamen de Defraudador de Hacienda del año. El ganador será convidado con un buen achuchón de la arpía con más caché del lugar. Entre cubatas, chistes, bravuconadas y contratos sociales a la inglesa, todos ellos rinden culto a la reina de la noche, la supremacía de las cosas vulgares disfrazada de fina seda del color más de moda, que no duda en saludar besuconamente y, entre tanta reverencia, incluso hacerse fotografías con los partícipes de ese zafarrancho de la animalidad generalizada. En el lavabo las mujeres se apelotonan para pintarrajearse la cara, no vaya a ser que alguien las identifique. Como grandes maestras de los disfraces, ellas también tienen su propio certamen, donde los premios se miden en centímetros y el caviar es viscoso pero sabroso.


Como el individuo se retrasa, las malas lenguas empiezan a soltarse, cundiendo entre el grupo de amigos estrafalarias explicaciones a la omisión de la cita. No le gustan este tipo de fiestas, siempre fue un poco raro. Pero lo peor de todo es que no hablan del amigo ausente como si de alguien querido se tratara. No lamentan su falta, sino que les divierte su apatía. Desgranan uno a uno sus numerosos talones de Aquiles, pero lentamente, como quien degusta un buen vino con deleite. Entre risas, comentan las raras costumbres de ese extraño caso de individuo. Ni siquiera lo hacen para intentar ayudarle, sino por pura recreación, como si todos esos errores que el esperpento ostenta fueran un signo claro de la valía de ellos mismos. Como si su escarnio fuera reflejo de la salvación de todos.


Qué felices. Qué caras más tristes.


Cuando salga el sol y los invitados vuelvan a sus respectivos hogares, se mirarán al espejo e intentarán quitarse el maquillaje, pero entonces se darán cuenta de que detrás de ese potingue multicolor no hay nada más que un lienzo en blanco, comprendiendo con tristeza que la careta les ha devorado para siempre su verdadero rostro.





Se hallan todos. No falta nadie. Todos fueron fieles y puntuales a su cita: "A pedir pan y vino vienen siempre las ratas" piensas, y media sonrisa se asoma, complaciente, en tu rostro. Observas y compruebas que efectivamente nadie falta: Funambulistas del llanto, malabaristas del sentimiento, videntes de feria, fanáticos apocados, locos de respuestas fáciles, románticos desbocados, payasos de sonrisa falaz, doctos maestros en filosofía barata, putas despreciables, pusilánimes arrastrados, señoritos domesticados, fantasmas imperceptibles, viles cucarachas, perros sin bozal, chulos de mierda, pícaros descarados, altivos condescencientes, zorras egoístas, gente indocta, gente incivil ... Todos forman parte del conjunto, de esa masa despreciable a la que no puedes dejar de mirar en una mezcla hipnótica de curiosidad, tristeza y espanto. Miras y no puedes dejar de centrar tu atención al verles juntos en su pocilga retozando como los sucios puercos que siempre han sido todos ellos. Como aquel voyeur que nota palpitar en su pecho el impulso de mirar por la cerradura. Como aquel que fija su mirada en un cuerpo vivo consumiéndose en llamas. Todo arde. Ascuas y tizones se serpentean por los más insospechados vericuetos, ¡estamos en llamas!

Nacho Álvarez O' Dogherty

martes, 8 de diciembre de 2009

Navidad en Pottersville


Qué fácil resulta, en esta época de contracción social, declive histórico y pesimismo colectivo, identificarse con aquel George Baileys paseando pálido y cabizbajo por una ciudad en la que había dejado de existir.

Neones de clubs nocturnos amontonándose en lo que antes era la tranquila calle principal, ponzoña camuflada entre la tundra de un invierno más frío que nunca, negatividad estranguladora revestida de enérgicos villancicos, ostias en el bar… así era la Navidad en Pottersville.

El motivo era claro: aquél microcosmos se había vendido al becerro de oro. Sus gentes habían acabado sucumbiendo a lo que George Baileys tantas veces luchó porque nunca ocurriera. Ahora besaban los pies al usurero que había encanallado sus vidas a cambio de un puñado de dólares, rindiéndole pleitesía al cambiar incluso el nombre de su pueblo de toda la vida. La villa empieza y acaba donde lo hace el nombre del maldito judío.

La película de Capra tiene un sabroso regusto navideño, algo que las cadenas de televisión de nuestro país no han obviado nunca. No hay Navidad sin Qué bello es vivir. Pocas imágenes plasman tan bien el sabor añejo de los recuerdos de la infancia, las cenas en casa de los abuelos, los exquisitos turrones que dejaron de hacerse hace años, las largas noches sin dormir pensando en los reyes, la somnolienta misa del gallo… en resumen, la añoranza de todas esas buenas costumbres que por desgracia acabaron para siempre.

Es curioso cómo la Navidad se ha convertido en lo que se ha convertido. Hemos cambiado el culto al espíritu por el culto a lo material, las pequeñas sorpresas por los grandes escaparates, las cintas en blanquinegro por la High Definition, el turrón por el percebe, la sonrisa por la mueca. Películas como esta, que tiene ya más de sesenta años, cobran en la actualidad nuevos sentidos.

Qué triste es la Navidad en Pottersville. Cuánto se os echa de menos, compañeros.


El Dorado era un champú, la virtud unos brazos en cruz, el pecado una página web.
Joaquín Sabina