domingo, 13 de diciembre de 2009

La fiesta de las máscaras

Con paso temeroso, el individuo se acerca vacilante al lugar de la celebración. «Prohibida la entrada sin disfraz» reza la invitación que recibió unos días atrás. Él no tiene nada claro que una careta pueda suplantar su verdadero rostro. Pero un día es un día, y todos sus amigos van a ir. Antes de llamar al timbre, se embuta la vestidura pertinente y respira hondo frente al portalón, que hoy más que nunca parece una pequeña antesala al circo de los horrores. No se le dan bien estas cosas. La máscara de payaso le impide observar bien la situación.


En el ambiente se respira una mezcla de alegre intrascendencia con fanta naranja servida en vasos de tubo de plástico. La coca, como siempre, sin cola. El individuo divaga por la estancia arrastrando su aspecto tragicómico en busca de sus compis. Qué felices parecen los ciudadanos de la perpetua carnavalada. Cuán ávidamente parlotean sobre todo aquello que la banalidad en su máxima expresión puede abarcar. Cowboys de medianoche, jokers de cartón, transexuales por un día, putas que van de monjas y monjas que van de putas… todos ellos ríen al unísono. El hombrecillo saluda a algunos conocidos con desgana bien escondida, intentando no mezclarse demasiado con la turba de engreídos, como si manoteara contra moscones imaginarios, luchando para que su mediocridad manifiesta no consiga envenenarle a él.


Todos los invitados ostentan amigablemente sus disfraces, luciendo orgullosos los lustrosos garabatos que ocultan una personalidad desfigurada. No hay realidad, sólo máscaras. En uno de los corros se observan verdaderas peleas por ver quién hace la broma más burda, el comentario más soez o la anécdota más desternillante, siempre cada uno desde su papel. El alcohol ejerce de sabio árbitro desde el centro de la mesa. Es el gran elemento conciliador. Perfecto anfitrión que te abre las puertas del Averno.


No lejos de ahí, varios estafadores concurren al prestigioso certamen de Defraudador de Hacienda del año. El ganador será convidado con un buen achuchón de la arpía con más caché del lugar. Entre cubatas, chistes, bravuconadas y contratos sociales a la inglesa, todos ellos rinden culto a la reina de la noche, la supremacía de las cosas vulgares disfrazada de fina seda del color más de moda, que no duda en saludar besuconamente y, entre tanta reverencia, incluso hacerse fotografías con los partícipes de ese zafarrancho de la animalidad generalizada. En el lavabo las mujeres se apelotonan para pintarrajearse la cara, no vaya a ser que alguien las identifique. Como grandes maestras de los disfraces, ellas también tienen su propio certamen, donde los premios se miden en centímetros y el caviar es viscoso pero sabroso.


Como el individuo se retrasa, las malas lenguas empiezan a soltarse, cundiendo entre el grupo de amigos estrafalarias explicaciones a la omisión de la cita. No le gustan este tipo de fiestas, siempre fue un poco raro. Pero lo peor de todo es que no hablan del amigo ausente como si de alguien querido se tratara. No lamentan su falta, sino que les divierte su apatía. Desgranan uno a uno sus numerosos talones de Aquiles, pero lentamente, como quien degusta un buen vino con deleite. Entre risas, comentan las raras costumbres de ese extraño caso de individuo. Ni siquiera lo hacen para intentar ayudarle, sino por pura recreación, como si todos esos errores que el esperpento ostenta fueran un signo claro de la valía de ellos mismos. Como si su escarnio fuera reflejo de la salvación de todos.


Qué felices. Qué caras más tristes.


Cuando salga el sol y los invitados vuelvan a sus respectivos hogares, se mirarán al espejo e intentarán quitarse el maquillaje, pero entonces se darán cuenta de que detrás de ese potingue multicolor no hay nada más que un lienzo en blanco, comprendiendo con tristeza que la careta les ha devorado para siempre su verdadero rostro.





Se hallan todos. No falta nadie. Todos fueron fieles y puntuales a su cita: "A pedir pan y vino vienen siempre las ratas" piensas, y media sonrisa se asoma, complaciente, en tu rostro. Observas y compruebas que efectivamente nadie falta: Funambulistas del llanto, malabaristas del sentimiento, videntes de feria, fanáticos apocados, locos de respuestas fáciles, románticos desbocados, payasos de sonrisa falaz, doctos maestros en filosofía barata, putas despreciables, pusilánimes arrastrados, señoritos domesticados, fantasmas imperceptibles, viles cucarachas, perros sin bozal, chulos de mierda, pícaros descarados, altivos condescencientes, zorras egoístas, gente indocta, gente incivil ... Todos forman parte del conjunto, de esa masa despreciable a la que no puedes dejar de mirar en una mezcla hipnótica de curiosidad, tristeza y espanto. Miras y no puedes dejar de centrar tu atención al verles juntos en su pocilga retozando como los sucios puercos que siempre han sido todos ellos. Como aquel voyeur que nota palpitar en su pecho el impulso de mirar por la cerradura. Como aquel que fija su mirada en un cuerpo vivo consumiéndose en llamas. Todo arde. Ascuas y tizones se serpentean por los más insospechados vericuetos, ¡estamos en llamas!

Nacho Álvarez O' Dogherty

2 comentarios:

XeloU dijo...

"porque nada hay tan delicioso como una pesadilla, cuando se sabe que es una pesadilla..."

Gilbert Keith Chesterton

TRAVIS dijo...

No Es eL cApItUlo 33 De unA NoVeLa