
Qué fácil resulta, en esta época de contracción social, declive histórico y pesimismo colectivo, identificarse con aquel George Baileys paseando pálido y cabizbajo por una ciudad en la que había dejado de existir.
Neones de clubs nocturnos amontonándose en lo que antes era la tranquila calle principal, ponzoña camuflada entre la tundra de un invierno más frío que nunca, negatividad estranguladora revestida de enérgicos villancicos, ostias en el bar… así era la Navidad en Pottersville.
El motivo era claro: aquél microcosmos se había vendido al becerro de oro. Sus gentes habían acabado sucumbiendo a lo que George Baileys tantas veces luchó porque nunca ocurriera. Ahora besaban los pies al usurero que había encanallado sus vidas a cambio de un puñado de dólares, rindiéndole pleitesía al cambiar incluso el nombre de su pueblo de toda la vida. La villa empieza y acaba donde lo hace el nombre del maldito judío.
La película de Capra tiene un sabroso regusto navideño, algo que las cadenas de televisión de nuestro país no han obviado nunca. No hay Navidad sin Qué bello es vivir. Pocas imágenes plasman tan bien el sabor añejo de los recuerdos de la infancia, las cenas en casa de los abuelos, los exquisitos turrones que dejaron de hacerse hace años, las largas noches sin dormir pensando en los reyes, la somnolienta misa del gallo… en resumen, la añoranza de todas esas buenas costumbres que por desgracia acabaron para siempre.
Es curioso cómo la Navidad se ha convertido en lo que se ha convertido. Hemos cambiado el culto al espíritu por el culto a lo material, las pequeñas sorpresas por los grandes escaparates, las cintas en blanquinegro por la High Definition, el turrón por el percebe, la sonrisa por la mueca. Películas como esta, que tiene ya más de sesenta años, cobran en la actualidad nuevos sentidos.
Qué triste es la Navidad en Pottersville. Cuánto se os echa de menos, compañeros.
El Dorado era un champú, la virtud unos brazos en cruz, el pecado una página web.
Joaquín Sabina

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