domingo, 13 de diciembre de 2009

La fiesta de las máscaras

Con paso temeroso, el individuo se acerca vacilante al lugar de la celebración. «Prohibida la entrada sin disfraz» reza la invitación que recibió unos días atrás. Él no tiene nada claro que una careta pueda suplantar su verdadero rostro. Pero un día es un día, y todos sus amigos van a ir. Antes de llamar al timbre, se embuta la vestidura pertinente y respira hondo frente al portalón, que hoy más que nunca parece una pequeña antesala al circo de los horrores. No se le dan bien estas cosas. La máscara de payaso le impide observar bien la situación.


En el ambiente se respira una mezcla de alegre intrascendencia con fanta naranja servida en vasos de tubo de plástico. La coca, como siempre, sin cola. El individuo divaga por la estancia arrastrando su aspecto tragicómico en busca de sus compis. Qué felices parecen los ciudadanos de la perpetua carnavalada. Cuán ávidamente parlotean sobre todo aquello que la banalidad en su máxima expresión puede abarcar. Cowboys de medianoche, jokers de cartón, transexuales por un día, putas que van de monjas y monjas que van de putas… todos ellos ríen al unísono. El hombrecillo saluda a algunos conocidos con desgana bien escondida, intentando no mezclarse demasiado con la turba de engreídos, como si manoteara contra moscones imaginarios, luchando para que su mediocridad manifiesta no consiga envenenarle a él.


Todos los invitados ostentan amigablemente sus disfraces, luciendo orgullosos los lustrosos garabatos que ocultan una personalidad desfigurada. No hay realidad, sólo máscaras. En uno de los corros se observan verdaderas peleas por ver quién hace la broma más burda, el comentario más soez o la anécdota más desternillante, siempre cada uno desde su papel. El alcohol ejerce de sabio árbitro desde el centro de la mesa. Es el gran elemento conciliador. Perfecto anfitrión que te abre las puertas del Averno.


No lejos de ahí, varios estafadores concurren al prestigioso certamen de Defraudador de Hacienda del año. El ganador será convidado con un buen achuchón de la arpía con más caché del lugar. Entre cubatas, chistes, bravuconadas y contratos sociales a la inglesa, todos ellos rinden culto a la reina de la noche, la supremacía de las cosas vulgares disfrazada de fina seda del color más de moda, que no duda en saludar besuconamente y, entre tanta reverencia, incluso hacerse fotografías con los partícipes de ese zafarrancho de la animalidad generalizada. En el lavabo las mujeres se apelotonan para pintarrajearse la cara, no vaya a ser que alguien las identifique. Como grandes maestras de los disfraces, ellas también tienen su propio certamen, donde los premios se miden en centímetros y el caviar es viscoso pero sabroso.


Como el individuo se retrasa, las malas lenguas empiezan a soltarse, cundiendo entre el grupo de amigos estrafalarias explicaciones a la omisión de la cita. No le gustan este tipo de fiestas, siempre fue un poco raro. Pero lo peor de todo es que no hablan del amigo ausente como si de alguien querido se tratara. No lamentan su falta, sino que les divierte su apatía. Desgranan uno a uno sus numerosos talones de Aquiles, pero lentamente, como quien degusta un buen vino con deleite. Entre risas, comentan las raras costumbres de ese extraño caso de individuo. Ni siquiera lo hacen para intentar ayudarle, sino por pura recreación, como si todos esos errores que el esperpento ostenta fueran un signo claro de la valía de ellos mismos. Como si su escarnio fuera reflejo de la salvación de todos.


Qué felices. Qué caras más tristes.


Cuando salga el sol y los invitados vuelvan a sus respectivos hogares, se mirarán al espejo e intentarán quitarse el maquillaje, pero entonces se darán cuenta de que detrás de ese potingue multicolor no hay nada más que un lienzo en blanco, comprendiendo con tristeza que la careta les ha devorado para siempre su verdadero rostro.





Se hallan todos. No falta nadie. Todos fueron fieles y puntuales a su cita: "A pedir pan y vino vienen siempre las ratas" piensas, y media sonrisa se asoma, complaciente, en tu rostro. Observas y compruebas que efectivamente nadie falta: Funambulistas del llanto, malabaristas del sentimiento, videntes de feria, fanáticos apocados, locos de respuestas fáciles, románticos desbocados, payasos de sonrisa falaz, doctos maestros en filosofía barata, putas despreciables, pusilánimes arrastrados, señoritos domesticados, fantasmas imperceptibles, viles cucarachas, perros sin bozal, chulos de mierda, pícaros descarados, altivos condescencientes, zorras egoístas, gente indocta, gente incivil ... Todos forman parte del conjunto, de esa masa despreciable a la que no puedes dejar de mirar en una mezcla hipnótica de curiosidad, tristeza y espanto. Miras y no puedes dejar de centrar tu atención al verles juntos en su pocilga retozando como los sucios puercos que siempre han sido todos ellos. Como aquel voyeur que nota palpitar en su pecho el impulso de mirar por la cerradura. Como aquel que fija su mirada en un cuerpo vivo consumiéndose en llamas. Todo arde. Ascuas y tizones se serpentean por los más insospechados vericuetos, ¡estamos en llamas!

Nacho Álvarez O' Dogherty

martes, 8 de diciembre de 2009

Navidad en Pottersville


Qué fácil resulta, en esta época de contracción social, declive histórico y pesimismo colectivo, identificarse con aquel George Baileys paseando pálido y cabizbajo por una ciudad en la que había dejado de existir.

Neones de clubs nocturnos amontonándose en lo que antes era la tranquila calle principal, ponzoña camuflada entre la tundra de un invierno más frío que nunca, negatividad estranguladora revestida de enérgicos villancicos, ostias en el bar… así era la Navidad en Pottersville.

El motivo era claro: aquél microcosmos se había vendido al becerro de oro. Sus gentes habían acabado sucumbiendo a lo que George Baileys tantas veces luchó porque nunca ocurriera. Ahora besaban los pies al usurero que había encanallado sus vidas a cambio de un puñado de dólares, rindiéndole pleitesía al cambiar incluso el nombre de su pueblo de toda la vida. La villa empieza y acaba donde lo hace el nombre del maldito judío.

La película de Capra tiene un sabroso regusto navideño, algo que las cadenas de televisión de nuestro país no han obviado nunca. No hay Navidad sin Qué bello es vivir. Pocas imágenes plasman tan bien el sabor añejo de los recuerdos de la infancia, las cenas en casa de los abuelos, los exquisitos turrones que dejaron de hacerse hace años, las largas noches sin dormir pensando en los reyes, la somnolienta misa del gallo… en resumen, la añoranza de todas esas buenas costumbres que por desgracia acabaron para siempre.

Es curioso cómo la Navidad se ha convertido en lo que se ha convertido. Hemos cambiado el culto al espíritu por el culto a lo material, las pequeñas sorpresas por los grandes escaparates, las cintas en blanquinegro por la High Definition, el turrón por el percebe, la sonrisa por la mueca. Películas como esta, que tiene ya más de sesenta años, cobran en la actualidad nuevos sentidos.

Qué triste es la Navidad en Pottersville. Cuánto se os echa de menos, compañeros.


El Dorado era un champú, la virtud unos brazos en cruz, el pecado una página web.
Joaquín Sabina

lunes, 16 de noviembre de 2009

Life on Mars?



Recuerdo perfectamente el primer debate sobre la pena de muerte de mi vida. Fue en 6º de Primaria durante la clase de Religión. La señorita decidió preguntarnos qué pensábamos del tema. Entonces, sin pensarlo demasiado, y guiándonos fundamentalmente por lo que decían en casa nuestros papás, la mayoría de los chavales afirmamos en ese momento estar a favor, ante los ojos atónitos de la seño.

¡Pero nadie tiene derecho a decidir por la vida de nadie!, espetaba esta. ¡Si matas a un asesino te pones a su altura!

Si piensas eso es porque nadie ha matado a ningún familiar tuyo, le contestaba Sandrita. Si te pasara, seguro que pensarías como nosotros, y todos la mirábamos asintiendo.

La cosa es esta. Según han ido pasando los años he podido constatar la triste realidad de que todos estos debates, pena de muerte, aborto, eutanasia y sucedáneos, no han evolucionado ni un ápice desde que teníamos once tiernos años. Aprendemos palabras nuevas, ampliamos nuestro mundo, escuchamos a más líderes de opinión, sofisticamos nuestro lenguaje, pero muy, muy pocas veces, pensamos. Es lamentable comprobar cómo la mayoría de las partes constitutivas de la mesa se guían, por encima de cualquier cosa, por argumentos puramente emotivos. Todo intento de raciocinio se reduce a con qué pie nos hemos levantado hoy, cuántas expectativas cubrimos con nuestro salario o cuánto tiempo llevamos sin tocar a una mujer. Sin más. Como los monos.

No existe ningún motivo a día de hoy para tener que emprender la difícil tarea de pensar por nosotros mismos. Vemos el telediario sólo para poder tener motivos por los que indignarnos. Con cada nueva noticia recibimos nuestra cantidad periódica de carne fresca sobre la que poder descargar nuestra ira. Nos alegramos de que a pesar de los avances tecnológicos, los periodistas nos sigan mostrando la realidad en blanco y negro, con buenos y malos, como las guerras y los partidos de fútbol.

¿Qué nos importa la cantidad de matices que puede tener cada caso que aparece ante nuestros ojos, si todo ello no va a caber en el minuto y medio que, con suerte, le pensamos dedicar? Lo que queremos es ver sufrir a los malvados, quienquiera que estos sean. Preferimos una información lo más mascada posible, que no dé lugar a dudas de ningún tipo, y que se engulla con la facilidad de una papilla. Mamá, párteme los trocitos más pequeños que luego me atraganto.

Hecha la digestión, bajamos al bar a comentar el tema que marque la agenda. Amantes todos de la santa polémica, sacamos nuestras armas para defender unas teorías de las que nos creemos dueños. Obviamente, lo importante es hablar y no escuchar. Con facilidad pasmosa mezclamos el chiste con el argumento. El tiempo corre y quien haga el comentario más vasto se lleva la palma. Deberían cortarles a todos el cuello.

Como los monos, necesitamos hacer cosas para entretenernos. Da igual engancharse a Perdidos que tomarse una copa o jugar al Buscaminas. Lo importante es matar el tiempo, como si este fuera un ser monstruoso al que tuviéramos que clavarle una estaca para librar a nuestras vidas de su abominable tic tac. ¡Pero no me venga con monsergas, oiga, que yo voy al cine a pasar el rato!

¿Para qué pararnos un segundo a intentar desarrollar algo tan complejo e innecesario como tener ideas propias? Preferimos delegar nuestra percepción intelectual de la existencia en amigos, iconos sociales, o aún mejor, medios de comunicación, que es lo más cómodo desde que se inventó el mando a distancia. Lo que poca gente entiende es que al entregar nuestro raciocinio a todos esos agentes externos, como si el alma fuera algo demasiado pesado con lo que cargar, estamos perdiendo precisamente aquello tan valioso que nos diferenciaba del animal puro y duro.

Entonces, ¿con qué derecho metemos en jaulas a nuestros primos lejanos? ¿Qué diferencia hay entre estas y un plató de televisión? ¿Qué puñetas ha pasado con aquel hombre que llegó a la luna?

Quizá el problema esté en que todo aquello se lo inventó…

Sailors fighting in the dance hall. Oh, man! Look at those cavemen go. It's the freakiest show! Take a look at the lawman beating up the wrong guy. Oh, man! Wonder if he'll ever know. He is in the best selling show. Is there life on Mars? David Bowie

miércoles, 4 de noviembre de 2009

La resaca de Mike

Mike despierta a primera hora de la tarde sumido en una confusión esponjosa. Siente como si le hubieran abierto la cabeza con un hacha. Bebe un poco de agua. Mea. Vuelve a la cama. Lentamente, se reubica en el angosto espacio de su habitación. Siente como si una extraña fuerza centrífuga le prensara el cerebro. Bebe más agua. Mea. Vuelve a la cama. Casi se cae de morros al tropezarse con su ropa del día anterior desparramada por el suelo. Bebe agua. Enciende la televisión. «Michael Jackson ha muerto» dice un periodista.



Mike intenta recordar. Un oscuro paréntesis continúa en su cerebro al punto y aparte que marca la cantidad ingente de alcohol con la que decide compartir normalmente su tiempo libre. Lentamente, va cogiendo pedazo a pedazo los recuerdos de una noche destrozada. Un lienzo surrealista empieza a pintarse ante sus ojos mientras el rostro le palidece de manera directamente proporcional. Joder. Mea. Cómo coño se le pudo pirar tanto. Bebe un poco de agua. Vuelve a la cama. Se caga en Dios.



Los recuerdos de anoche se van revelando poco a poco, aunque algunos puntos quedarán borrosos para siempre. Como un puzle a medio construir, como un antiguo carrete de fotos, como una peli de terror de las malas. Bebe. Mea. Vuelve a la cama.



Descubre con horror el efecto de unos tragos demasiado largos, la locura de sacar a Mr. Hyde a pasear, el sonido de un crimen y castigo escondidos a la vuelta de la esquina, la rabia de tropezar en el último escalón… Se le junta el hambre con las ganas de potar.



Mike se pregunta dónde van todos esos recuerdos que nunca tendrá. Quizá sea mejor así, piensa, que el cerebro los olvide. Puede que solo sea un mecanismo de autodefensa para alejarnos de la locura, como una caja de Pandora que nunca debe ser abierta. Siente el apetito de destruir varios objetos cercanos. Mea. Escupe intentando vomitar.



La confusión le hace tiritar. Sus neuronas están en plena guerra civil. Montones de ideas dispares asaltan su malherida cabeza. El marchitar de las flores en otoño. Un cementerio de sueños hechos añicos mucho antes de lo debido. El descubrimiento de sus primeras arrugas. La sangre en las manos de Dorian. Ese «I’m falling and I can’t turn back» del Dance with Devil…



Se mira al espejo y se pregunta qué coño ha pasado consigo.



«Es una tragedia» dice un periodista.



Entre el dolor de cabeza y las ganas de matar a alguien, se pregunta a sí mismo cuándo perdió el rumbo.



«Y era tal su confianza en la seguridad de tal refugio, que al perderlo, experimentó por primera vez esa sensación tristísima de las irreparables pérdidas y del vacío de la vida, sensación que en plena juventud equivale al envejecer, en plena familia equivale al quedarse solo, y marca la hora en que lo mejor de la existencia se corre hacia atrás, quedando a la espalda los horizontes que antes estaban por delante» Benito Pérez Galdós

viernes, 30 de octubre de 2009

Pequeña mesa redonda



Si Tom había aprendido algo, es que no puede asignar un significado cósmico a un simple evento terreno. Coincidencia. Es lo que es. Nada más que una coincidencia. Tom finalmente aprendió que no existen los milagros. No existe tal cosa llamada destino. Nada está destinado a ser. Él lo sabía. Estaba seguro de ello ahora.

Woody Allen, Paulo Coelho, Sánchez-Dragó y muchos otros comentan la película (500) DAYS OF SUMMER a la salida del cine:


PAULO COELHO:
Cuando deseas algo, el universo entero conspira para que se haga realidad.
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FERNANDO SÁNCHEZ-DRAGÓ:
La gente saca punta a cualquier cosa. No falta a los autores de estos textos lo que Pascal llamaba 'esprit de finesse'. Bienvenido sea frente al "de geometrie" que todo lo invade en estos tiempos. Sincronicidad, decía Jung. Situaciones de emergencia espiritual, corroboraba Grof. Fenómenos de convergencia, añado yo.
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WOODY ALLEN:
El hombre siempre intenta que las cosas salgan perfectas en el arte, pues conseguirlo en la vida es verdaderamente difícil.
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SON GOHAN II:
Habiendo cumplido su cometido, se fue alejando a paso refinado mientras miles de preguntas sin respuesta invadían progresivamente mi cabeza. ¿Por qué... te incita a la poesía?
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JUAN RAMÓN JIMÉNEZ:
Pienso en Ti y me olvido del mundo. Mas me olvido de ti, pensando en Ti.
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PINK FLOYD:
Did they get you to trade your heroes for ghosts?
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LOS PLANETAS:
Dime de quien es el trozo de tu corazón que no puedo tener.
Dime por qué por más que lo estuve intentando nunca lo encontré.
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THE CURE:
I try to laugh about it and cover it all up with lies.
I try to laugh about it hiding the tears in my eyes.
Cause boys don't cry.
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MELENDI:
Fumar puede matar pero también matan tus besos. Llorar puedo llorar pero por ti yo ya no quiero. Y ya no aguanto más porque el tiempo se me va y no quiero, servirte vida mía, de cenicero.
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EL FARY:
Yo de todas formas siempre he detestado al hombre blandengue. Y además, también he podido analizar que la mujer tampoco admite al hombre blandengue. Además la mujer es muy pícara, valga la palabra porque como bien en otras ocasiones he dicho, yo lo que más valoro en esta vida es la mujer. Y para mí la vida tiene un sentido enorme con la mujer, sin la mujer la vida no tendría sentido. Pero la mujer es granujilla y se aprovecha mucho del hombre blandengue, no sé si aprovecha o se aburre, y entonces le da capones y todo.

lunes, 26 de octubre de 2009

domingo, 25 de octubre de 2009

Algunos apuntes en torno a Ágora

Llevaba seis o siete meses sin ir al cine, concretamente desde la vomitiva adaptación de Watchmen, de la que quizá hable próximamente. Y como para volver…

Amenábar es un tío que me gusta por lo siguiente: guiones redondos perfectamente orquestados donde cada cosa está en su lugar, dirección exquisita y sofisticada, y lo más importante, personajes apasionantes, con los que cualquier sector de la sociedad logra empatizar fácilmente. En resumen, tienen sus películas Sentimiento.

Una lástima que nada de esto se cumpla en su última obra, la cual, cabe decir, es posiblemente la más ambiciosa basándonos simplemente en las cifras: un presupuesto de 50 millones de euros, cantidad con la que podrían haberse hecho unos siete u ocho los otros, diez mares adentros o cientos de tesis. Es lógico pensar que una película de tal calibre económico moviliza mucho más esfuerzo humano, tanto colectivo como de su director, que cualquiera de sus anteriores.

Pero hablemos de Ágora. Perdone el lector que me limite a exponer simplemente algunos apuntes de manera dispersa y caótica, sin ahondar en ellos ni sacar conclusiones. No es este un artículo de opinión ni una crítica de cine, sino un conjunto de impresiones como las que se lanzan en una cafetería esperando a que alguien las conteste. Dicho esto:

-Ágora es la peor película de Amenábar. Pero esto no quiere decir que sea una mala película. Es una película bastante notable, por encima de la media, que si viniera firmada por Pepito el de los Palotes sería sorprendentemente buena, y no decepcionantemente regular para un director que puede y Debe dar más.

-El guión carece de la emoción a la que nos tiene acostumbrados. Los personajes se mueven entre la acción pasional mal conducida y mal explicada y devaneos acerca de los movimientos de los planetas. No me parece mal que los puntos de giro se basen en si Hipatia consigue o no encontrar la verdad astrofísica que no le deja dormir, puede llegar a parecerme una idea original o un experimento interesante, pero si el director se decanta por el camino más ambicioso, debe ser consecuente y llevarlo hasta sus últimas consecuencias. Dicho de otro modo, si Alejandrito tiene los huevos lo suficientemente grandes como para basar una de las tramas principales de una película épica en un debate científico-filosófico, no me vale que lo resuelva como si de un capítulo de Érase una vez el hombre se tratara. Quiero ver un discurso verdaderamente «pro», alejado del afán didáctico y el lenguaje fácil, alejado de lo que es habitual al consumo de masas. Otra cosa es tirar la piedra y esconder la mano.

-Ágora tiene también, en lo que a lenguaje audiovisual se refiere, la dirección más sosona y menos imaginativa de su director. Sosona, sin más, como un capítulo de Roma: planificación limpia, largos para ubicación, medios para acción y cortos para sentimiento. Lo de siempre, aderezado con dos cucharaditas de planos cenitales y simetrías kubrickianas, no vaya a pensarse la gente que el autor no tiene estilo narrativo. Pero lo peor de todo es el gran desacierto con el que planifica las principales escenas: el tan comentado pino puente de la cámara mientras se está destruyendo la Biblioteca, sencillamente horrososo; o los zoom de la Tierra que parecen sacados de Google Earth, un sinsentido tan antiestético como vacío de mensaje, que no sirve para nada salvo para sacarte de esa Alejandría tan bellamente recreada y recordarte que estamos en el siglo XXI.

-En cuanto a la polémica surgida en los medios en torno a su rigor histórico, no me sitúo en ninguno de los bandos. Por un lado, toda película es ficción, algo que cualquier espectador debería saber; si alguien quiere informarse sobre un determinado periodo histórico que desempolve un poco sus viejos libros y no pretenda ahorrarse ese esfuerzo echando la tarde en una sala. Por el otro, es asombrosamente descarada e indigna la manera de retratar a los cristianos como seres vestidos siempre de negro, con sucias barbas y que escupen cuando hablan. Por un lado, el mensaje quizá no vaya en contra del cristianismo puro y duro sino del fanatismo, sea del tipo que sea, del envilecimiento de una sociedad ignorante dirigida por unos pocos maquiavelos. Por el otro, atendiendo a las líneas principales del guión, los continuos textos explicativos y la propia manera en que ha sido vendida la película, cualquiera que conozca un poco el medio Sabe, y de poco sirve negarlo, que se trata de una obra por encima de todo propagandista, que persuade más que informa. En resumen, tienen razón tanto unos como otros. Es cierto que la polémica ha sido generada por un determinado sector de la sociedad que está siempre a la contra cada vez que alguien abre la boca, que considera el cristianismo algo inmaculado e intocable y que nada que haya salido de los hombres puede ser tachado si se ha hecho en nombre de Dios, y que moviliza a sus gentes utilizando las mismas técnicas de manipulación que denuncia en la película. Pienso que esta «inmaculización» del cristianismo y de la Iglesia debería estar superada ya. Pero también es cierto que se trata de una película tramposa, tan sutilmente persuasiva cuando quiere como inocentona cuando así necesita aparentarlo, y que vestir sus trampas históricas de rigor y documentación, pues así es como ha sido promocionada, es sencillamente Mentir, y sólo puede tener como resultado el justo desprestigio de un chaval que apuntaba alto.

-Por último, me gustaría hablar de su supuesto éxito comercial: una cifra récord de 5 millones en su primer fin de semana. Sería una, no buena, buenísima cifra si estuviéramos hablando de una película española al uso. Pero Ágora multiplica por diez el presupuesto de esas películas, y considerando que no ha encontrado distribuidor en Estados Unidos y a duras penas ha conseguido exhibirse en un puñado de salas europeas, ¿Cómo diablos va a lograr ya no sacar beneficios sino tan solo cubrir su presupuesto? ¿Por qué nos venden como éxito taquillero una película que seguramente acabe su recorrido por las salas dando pérdidas? ¿Quién nos intenta engañar y por qué?

Recuerden lo que decía al principio de la cafetería. Están ustedes en su casa.

domingo, 13 de septiembre de 2009

Sobre la triste caída de La comarca

Samsagaz se despierta todos los días con la salida del sol. Cada vez se ve más viejo y cansado, pero disfruta como un niño con cada pequeña cosa. Pasearse por los vastos campos de La comarca en pleno periodo de colecta, fumar hierba tranquilamente sentado en su terracita, hablar de negocietes con sus viejos amigos en la taberna, el simple y llano día a día constituye para él la paz espiritual que tanto anheló cuando era joven.

Pero este verano ha sido con diferencia el más caluroso de su amplia memoria. Sentado a la sombra de su alcornoque favorito, como todos los días, Samsagaz atrapa por un momento la extraña idea de que el sitio en el que ha vivido siempre ha dejado de ser lo que era antes. Los narcisos de su jardín se mueren cada vez con mayor rapidez. Las cigüeñas no han vuelto a Hobbiton desde hace dos temporadas. La realidad está adquiriendo tonos sepias. Algo intangible está ahogando la atmósfera de la tierra que él mismo defendió del mal hace ya muchos años.

La gente de su generación se ha vuelto pasiva y complaciente. Los jóvenes están cada vez peor educados. Hay en el ambiente una sensación de cansancio general y de falta de proyectos. Las niñas ya no quieren ser princesas. La juventud en general parece haberse metido en un pozo sin fondo. Quizá es por esa música infernal que tanto les gusta.

En la plaza del pueblo la orquesta que tocaba a los clásicos fue sustituida por unos muchachos esqueléticos que gritan como cabras. A veces cogen canciones antiguas y las reinventan con instrumentos artificiales muy desagradables. Otras veces simplemente dan golpes, sin sentido del ritmo ni preocupación alguna. Alrededor de ellos, los chavales bailan primitivamente, restregándose como animalillos en celo, como si estuvieran en una especie de danza del fuego visceral.

Parecen estar en pleno éxtasis. Fuman hasta enronquecer, bailan apretujados como mariscos en una sartén, cociéndose poco a poco en el ambiente desoxigenado. A menudo se pelean entre ellos por pura diversión. Sus miradas reflejan inmenso odio. Sin ningún tipo de decoro, se agujerean las comisuras de los labios para introducirse extraños anillos por toda la cara. Sam no había visto algo parecido desde que luchó contra montones de feos orcos en aquella torre del sitio innombrable.

Entonces, sentado a la sombra de su alcornoque favorito, lo comprende todo. El señor oscuro ha estado jugando sus cartas delante de sus narices, introduciéndose de la manera más sutil en cada aldea, controlando a sus gentes con música embrutecedora y extraños anillos del poder llenos de pinchos. Cabizbajo, se enciende su pipa y comienza a entonar la sintonía del fracaso, entendiendo tristemente que el mal ha vencido.

sábado, 5 de septiembre de 2009

viernes, 4 de septiembre de 2009

La vida de Donnie

Donnie cierra el Wow tras siete horas de vicio desenfrenado. Necesita descansar un poco la vista. Titubea un rato frente a la sempiterna pantalla, medita un par de segundos y abre su galleta de la fortuna: «Hoy deberás estar atento ante una nueva e interesante oportunidad». Sin terminar de leerlo se saca una pestaña y pone rumbo a su blog personal a toda leche. No hay comentarios nuevos. Rastrea un poco sus últimos escritos y lee con detenimiento dos o tres de sus mejores frases por pura masturbación. Tras corregir una coma vuelve al portal.

Tiene una solicitud de amistad y una invitación para hacer un test sobre qué personaje es cuando va pedo. La aspirante a amiga es una compañera de clase con quien apenas intercambió cuatro palabras y de quien lleva años sin saber nada. Donnie la acepta y condecora con tan honroso título. El test le aparca en otra pestaña para hacerlo luego. Mira su muro. No hay ninguna novedad. Echa un vistazo a su nueva amiga cogiendo cuatro fotos al azar y mirándolas con indiferencia absoluta. Vuelve a su muro. No hay ninguna novedad. Abre un par de periódicos y descubre con asombro que Pellegrini ha declarado que van a darlo todo para hacer un fútbol «espectacular». Ramos va superando la lesión. Zapatero sigue con sus tonterías. Vuelve al muro. Hay una foto nueva. A Nando le gusta. Observa con desdén su horrible jeto del pedo del viernes. Entonces despierta sus dos brazos y su cuerpo anquilosado, se frota las manos y teclea: «xddddddd».

Donnie se pasea de nuevo entre páginas y páginas de periódicos marchitos. Descubre algunas cosas interesantes. La dieciseisava parte de su videojuego favorito se confirma para el próximo otoño, hay nuevas imágenes de una película que jamás irá a ver, y las BLISS acaban de salir a la venta por 299 dólares, pero al parecer esos malditos seguirán el tradicional cambio comercial de euro igual a dólar. Hijos de puta. Vuelve a su blog. No hay comentarios. Vuelve al muro. Hay nuevas fotos de la cogorza, con un comentario de una tía fea que intenta ser graciosa para poder existir. A Nando y a Lola les gusta. A él no. Entra en Lola. Observa sus fotos con el detenimiento de un voyeur que folla menos de lo que le gustaría. Lola ha estado en París en Abril y en Marbella en Agosto, le gustan las gigantescas chisteras estúpidas de colores, subirse a los quitamiedos de La Latina cuando va borracha y fingir que sabe tocar la guitarra mientras la hacen una fotografía. A Donnie le gusta Lola, pero no sabe que Lola no existe. Lola es una ficción digital, una leyenda que una muchacha imperfecta se ha creado de sí misma, una careta de rímel con la que cubrir los defectos propios de la luz natural. Donnie nunca sabrá que no es ella quien le gusta, sino Ella.

Vuelve al muro para ver si hay alguna novedad pero no la hay. Entonces da por finalizada la actividad social de hoy y cierra su segunda vida para meditar un par de segundos. Con los ojos tan apagados como de costumbre, empana su mirada somnolienta en un punto no tan muerto como él, y se da cuenta de que lleva días sin dormir bien. Quizá porque el Wow le consume la vida, o quizá porque está siempre alerta esperando esa nueva e interesante oportunidad que de un poco de color a su mundo sin comentarios.

Cansado, se masturba para anestesiar el corazón.