miércoles, 18 de febrero de 2009

La injusticia enmascarada

Justicia
(Del lat. iustitĭa).
1. f. Una de las cuatro virtudes cardinales, que inclina a dar a cada uno lo que le corresponde o pertenece.
2. f. Derecho, razón, equidad.
3. f. Conjunto de todas las virtudes, por el que es bueno quien las tiene.
4. f. Aquello que debe hacerse según derecho o razón. Pido justicia.
5. f. Pena o castigo público.
6. f. Poder judicial
7. f. Rel. Atributo de Dios por el cual ordena todas las cosas en número, peso o medida. Ordinariamente se entiende por la divina disposición con que castiga o premia, según merece cada uno.
8. f. desus. Ministro o tribunal que ejerce justicia.
9. f. coloq. desus. Castigo de muerte. En este mes ha habido dos justicias.
10. f. ant. alguacil (‖ oficial inferior de justicia).
11. m. justicia mayor de Aragón.
12. m. desus. justicia mayor de Castilla.
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"La justicia es la constante y perpetua voluntad de dar a cada uno lo suyo"
Ulpiano, jurista romano.
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En resumidas cuentas, podemos concluir que la justicia como concepto se corresponde con la equidad o igualdad a la hora de dar a cada uno lo que le corresponde. De este modo logramos sobrevivir nosotros, pandilla de salvajes, en una sociedad a la que amamos y odiamos por igual. Damos un precio a todo lo que existe en el mundo, pero este no puede ser aleatorio sino que debe ser aquel que más se adecúa con la realidad: el precio justo. Las leyes de la vida consisten en recibir algo del mismo valor que lo que tú has dado. Nadie desearía para sí mismo dar cuatro manzanas y recibir a cambio el valor de tres manzanas, porque todo el mundo sabe que esto no sería un intemcambio justo al no ser equitativo. Y para que esto no suceda el Estado debe crear las normas oportunas que garanticen una sociedad justa. Queda constituida así la labor principal del Estado: el sendero infinito de ajustar sus normas a la justicia, puesto que ajustar es hacer de lo injusto algo justo, mientras que justificar es enmascarar a lo injusto como justo.

Volviendo al ejemplo anterior (por analogía), nadie desearía para sí mismo entregar su vida y recibir a cambio el valor de la décima parte de otra vida, porque todo el mundo sabe que esto no sería un intercambio justo al no ser equitativo. Y para que esto no suceda el Estado debe crear las normas oportunas que garanticen una sociedad justa. Y dado que el pilar de la existencia del Estado es la libertad de los individuos que lo componen y que esta libertad reside en la propia vida de cada uno de ellos, el Estado debe garantizar, por encima de cualquier otra cosa, el derecho a la vida de estos. Y si ese derecho fundamental es quebrantado, lo justo sería que el infractor de la norma fuera correspondido con la misma moneda. Y privarle al infractor del resto de su vida en libertad no significa quebrantar su derecho a la vida, puesto que tal derecho ya no le pertenece al haberle intercambiado libremente con su acto, cobrándose la vida de otro en su propio beneficio; intercambio que, ciertamente, no fue consentido por ambas partes.

Asistimos entonces a la espectacular involución de la justicia a lo largo de su historia. El Estado de hoy copia esa actitud tan típica del individuo contemporáneo de enmascarar la realidad con una bonita carcasa, de revestir todo lo que decimos de una corrección que no solo es innecesaria sino que transforma y denigra su propia esencia. Toda idea pura concebida en nuestra mente debe ponerse el frac al salir a la calle, no vaya a ser que enferme a causa de un entorno hostil.

Los justicieros enmascarados de antaño se retiran del oficio, no porque ya no sirvan para ello, sino porque el Estado les ha robado su función: ahora todo él es una gigantesca máscara hermosa con la que cubre sus verdaras acciones. Así, mientras que aquellos justicieros buscaban ajustar la realidad, el Estado intenta justificarla. Y la injusticia, mientras tanto, sigue ahí...
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"En un mundo injusto el que clama por la justicia es tomado por loco"
León Felipe, poeta español de la Generación del 27
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"No existe tiranía peor que la ejercida a la sombra de las leyes y con apariencias de justicia"
Montesquieu, filósofo asesinado en 1985 por Alfonso Guerra

miércoles, 11 de febrero de 2009

ADELANTE hacia el Nuevo Mundo

Existen cambios malllamados "males", es decir, aquellos que traen algo bueno bajo su ruda corteza. El mundo está cambiando, y no porque lo diga la estrella de cine más cotizada del mundo.

El cambio es mucho más profundo de lo que pueda parecer. El sistema agoniza. Los tecnócratas cojean. Las estructuras se tambalean y acuden al médico a pedir explicación de su malestar. Curiosamente no han tenido en todos estos años ni un minuto para mirarse al espejo y darse cuenta de su vejez interna e irrevestible de cirujía estética, de sus maneras anticuadas, de sus agujeros cada vez más grandes, del sarro acumulado en cada hueco, de su podredumbre. Ahora les toca mirar resignados la cola de Urgencias, joderse y aguantarse.

O acaso no fueron ellos quienes la alimentaron ponzoñosamente, amamantándola, malcriándola y llenándola de caprichos y gilipolleces, hasta que de aquella sala sólo quedó el nombre.

El mundo que salga de la crisis no será el mismo que había antes de ella. Puede que sea incluso mejor: más pobre, menos superfluo, más esfuerzo, menos tontuna... como aquel bufón que fue a parar a Vietnam para darse cuenta de que el mundo es una mierda pero al menos él está vivo y no tiene miedo. Quizá todo esto no sea otra cosa que la perfecta Cura de humildad de una sociedad enferma. Quizá hasta salgamos Adelante.

lunes, 2 de febrero de 2009

Cine y fundamentalismo

Dijo Jordi Dauder al recoger su Goya este domingo que había que luchar contra el fundamentalismo que aún seguía habiendo en nuestro país. Sí, señor. Qué bien metido el dedo en la yaga. Supongo que se referiría a ese fundamentalismo de una parte de la sociedad española que cree tener una moral superior a la del resto. Ese que intenta iluminarnos a todos con su suma bondad. Ese que al final resulta ser tan dogmático o más que aquello que denuncia, y del que la película en la que el actor participa no se libra ni por un segundo.

Porque la película de Fesser peca por encima de todo de fundamentalismo. Si bien tiene un planteamiento interesante, un gran comienzo, una primera media hora llena de emociones que te hacen pensar que estás viendo algo verdaderamente especial, con el transcurso del metraje el contenido crítico del film, en un principio sutil, acaba desbordándose. Se repiten continuamente los mismos tópicos sobre las historias de la cripta del Opus Dei, la hermana abducida por los extraterrestres, la madre que se alegra de la enfermedad de sus hijos... tópicos todos ellos que le hacen un flaco favor a la verdad y que con sus abusos y excesos van cocinando poco a poco el pastel que nos vamos a tragar.

Para cuando llevan ya más de media película redundando sobre la misma idea, la empatía con la niña moribunda se ha diluido en la papilla, cuando la veía sufrir esa muerte tan larga y dolorosa sólo podía mirar la hora en el reloj, cuando vi cómo el padre se escoñaba con un camión al ritmo de Russian Red se me escapó una pequeña y piadosa carcajada, de esas que me hacen sentir que estoy jodidamente alejado de la sensibilidad del resto del planeta, y de las que nunca sé si alegrarme o no.

El error de la película es el mismo que el de todas las de su calaña: intentar plasmar una realidad que su autor no conoce, y que será aplaudido unánimemente por sectores de la sociedad que tampoco lo conocen. Puro cine automasturbatorio.