Dijo Jordi Dauder al recoger su Goya este domingo que había que luchar contra el fundamentalismo que aún seguía habiendo en nuestro país. Sí, señor. Qué bien metido el dedo en la yaga. Supongo que se referiría a ese fundamentalismo de una parte de la sociedad española que cree tener una moral superior a la del resto. Ese que intenta iluminarnos a todos con su suma bondad. Ese que al final resulta ser tan dogmático o más que aquello que denuncia, y del que la película en la que el actor participa no se libra ni por un segundo.
Porque la película de Fesser peca por encima de todo de fundamentalismo. Si bien tiene un planteamiento interesante, un gran comienzo, una primera media hora llena de emociones que te hacen pensar que estás viendo algo verdaderamente especial, con el transcurso del metraje el contenido crítico del film, en un principio sutil, acaba desbordándose. Se repiten continuamente los mismos tópicos sobre las historias de la cripta del Opus Dei, la hermana abducida por los extraterrestres, la madre que se alegra de la enfermedad de sus hijos... tópicos todos ellos que le hacen un flaco favor a la verdad y que con sus abusos y excesos van cocinando poco a poco el pastel que nos vamos a tragar.
Para cuando llevan ya más de media película redundando sobre la misma idea, la empatía con la niña moribunda se ha diluido en la papilla, cuando la veía sufrir esa muerte tan larga y dolorosa sólo podía mirar la hora en el reloj, cuando vi cómo el padre se escoñaba con un camión al ritmo de Russian Red se me escapó una pequeña y piadosa carcajada, de esas que me hacen sentir que estoy jodidamente alejado de la sensibilidad del resto del planeta, y de las que nunca sé si alegrarme o no.
El error de la película es el mismo que el de todas las de su calaña: intentar plasmar una realidad que su autor no conoce, y que será aplaudido unánimemente por sectores de la sociedad que tampoco lo conocen. Puro cine automasturbatorio.

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