lunes, 15 de diciembre de 2008

Góndor y su fauna autóctona




Jinetes de Rohan tienen asoladas nuestras tierras desde hace mucho tiempo. Animales salvajes que mean con desprecio en su propio territorio. Antaño fueron hombres, pero una vez despojados de sus cadenas comenzaron a campar a sus anchas como si de una ciudad sin ley se tratara, sin dudar en amenazar a sus vecinos enseñando los dientes cuando alguien levanta la voz. Creyendo cada vez con mayor certeza que la calle es suya acabaron convirtiendo todo lo que les rodea en una olla a presión sobre la que han instaurado a base de hostias un silencio que les legitima. Gusanos tan asquerosos que nadie se atreve a pisar. Asnos incapaces de una conversación. Licántropos babeantes que berrean a la luna con sonidos guturales creyéndose aún personas. Perros sarnosos que muerden, apuntillan, envenenan y resquebrajan tira a tira la piel de una nación que no tiene oxígeno para devolverles el golpe, que ni siquiera tiene aliento para emitir quejidos, que ni siquiera tiene pulso para padecerlos. Como auténticos cerdos a los que les llega cierta brisa de putrefacción, y sin saber que el olor viene de ellos mismos, intentan enterrar antes de tiempo un pseudocadáver que aún respira de vez en cuando. Y ladran, ladran, ladran, ladran...


"Ladran, Sancho, luego cabalgamos"



El Comediante

martes, 9 de diciembre de 2008

El infierno

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La barca de caronte es el metro en hora punta. «Corran, corran, apuñálense, que el barquero no espera más» oigo decir a la ratita presumida medio desvestida. Qué fácil es ser ardiente en la casa de Satanás, donde el ideal de belleza lo marca la ramera. Muchos la siguen y se apuntalan, buscando su pequeño rinconcito, pues la gracia del queso roído es su exceso de agujeros. Mienten, roban, matan, los pequeños buitres por su minuto de gloria. No es tarea sencilla darse a conocer en una metrópoli y las artimañas son de lo más variadas: el chiste convertido en argumento, el ideal convertido en marca... reza un chino en medio de la multitud, al grito de palaguas lepublicanos. «Balatos, balatos». Esclavos todos ellos, y no lo saben. Las bestias del inframundo les tiran mendrugos de pan que son como piedras que te dan y te escalabran, sin dejar de chillar «Subnormales, subnormales, SUBNORMALES». Mientras, la botella de Absenta me dice: «Chupa, chupa, que yo te aviso cuando pase algo». Algunos hombres, con la cabeza ya abierta, se desfiguran a la luz de la luna, convertidos en diablillos que siembran el caos por doquier, unidos todos juntos a la fiesta de Lucifer, cantando y graznando en la noche infinita, bailando y trotando en el reino sin trono. Rebuznan con cada idea, gruñen con cada azote, ríen como hienas estúpidas, chillan como gallinillas a las que dan ganas de rebanarlas el pescuezo. Yo, mientras, chupo y requetechupo, dejando bien limpito el único sable que parece haber por aquí. Entonces aparece la gran bestia, vestida toda de seda, pues no corren tiempos como para descuidar la imagen. Rugiendo y devastando cuanto encuentra a su paso, cubre el anticristo con su negrura cualquier horizonte posible. Bestia se queda; cual ni la música logra amansar, pues aquí todo lo que se oye es la marcha militar de los chulos y las putas. Extasiado, intento silbar a contrapunto de este apocalipsis sinfónico, pero no parece que haya aire; sólo un calor sofocante y estrangulador que por momentos me lleva a quitarme la ropa y unirme al jolgorio. Los carroñeros, con la fuerza de mil demonios, me engullen hacia dentro, unas veces contra mi voluntad y otras de pleno consentimiento, tirándome de unas extremidades que ya ni siento mías, y yo me hundo en el lodo. Bien cogido del rabo me sumerjo en un océano de putrefacción, donde los que no saben nadar se agarran a lo que pillan, haciendo cada uno lo que puede por morder y no ser mordido; y los que saben nadar chapotean panchamente en su propio vómito, como si de la cámara secreta del Tío Gilito se tratara. Y es que a la luz infernal la mugre se confunde con el oro. El becerrillo adora al becerro, cantando y graznando en la noche infinita, bailando y trotando en el reino sin trono.
Madrid, Diciembre de 2008

Eduardo I, El Comediante

miércoles, 3 de diciembre de 2008

En qué día...

No suelo ser más narcisista de lo que marcan los cánones, pero un día decidí esculpirme a mí mismo.
En principio lo hice sólo por mejorar mi técnica. El arte que pone uno en lo que hace cuando se trata de sí mismo se eleva hasta el infinito. Me puse pues a ello, con la dedicación de un alfarero, toque a toque (clik, clik), golpe a golpe (tik, tik), poco a poco(Ctrl Z), como si tuviera todo el tiempo del mundo . Como si cada puto segundo de esta era ebria en la que vivo no fuera un bien con valor en sí mismo, la única acción que hoy sube en bolsa.
Y lo hice. Lo terminé. Y me miró. Todavía me mira.
El problema no es que no puedo apartar de mi cabeza esa mirada de justa superioridad, que a cada rato deseo contemplarle para que me devuelva un grano del interés que yo tengo en él... eso ya me había pasado alguna otra vez, aunque nunca con alguien tan parecido a mí. Y desde luego nunca con algo. El problema es que deseo darle una patada en el esternón, sacarle los ojos y comérmelos.
Mi obra es superior a mí en todo. Es el gran defecto de la ficción. Sus leyes son etéreas, sus límites son extrasensoriales. A veces la imaginación vuela tan alto que está condenada a quemarse.
Intento reirme de él. Al fin y al cabo él está condenado al mármol pixelado. Pero me mira. Mi yo más perfecto aún me está mirando mientras escribo esto. Sus ojos reflejan la paz que uno alcanza cuando se alcanza a lo que nunca se llega. En realidad deseo ser como él.
Quizá me esté volviendo loco. Quizá me apunte a la keratina. Quizá deje los Cheetos. Quizá me salve. Quizá no.
Allá en el otro lado del cosmos Oscar debe estar descojonándose. La próxima vez no le cojeré sus llamadas.

Hay tragos muy largos. Demasiado largos.


El Comediante



"La vida es como el Photoshop. Cuando ves que algo va mal lo retocas. Cuando lo has retocado haces zoom. Cuando vuelves a verlo mal lo retocas. Cuando lo has retocado vuelves a hacer zoom..." (Rey Gohan)

domingo, 16 de noviembre de 2008

Carta abierta a la madre del Sr. Alberto Ruiz-Gallardón

Allá por el año 1958 tuvo usted la ocurrencia de concebir a un lúcido hijo que se convertiría en alcalde de la capital de España.
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Sepa usted que admiro sobremanera a su retoño. Tiene aspiraciones de altura, visión de lince, lengua de lagarto y todas esas cualidades necesarias para que un hombre pueda conseguir cualquier cosa que se proponga. Sabe moverse por las cloacas.
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Resulta que el pasado 9 de Septiembre hice una breve pero intensa visita al vistoso barrio de Las Barranquillas, famoso por sus hospitalarios residentes y su amplio mercado de heroína. El motivo por el cual tuve que adentrarme en la cara oculta de Madrid era la vuelta ciclista que aconteció la semana anterior, que pasaba por mi barrio, por lo que la grúa se vio obligada a llevarse todos los coches debidamente aparcados en su zona residencial que estorbaran a nuestros jóvenes deportists. Ningún aviso, ninguna llamada. Cuando de repente tu coche no está donde lo has aparcado de manera legítima resulta muy preocupante. Gracias a Dios que para estos casos su hijo dispone para nuestro servicio a negros ilegales que vigilan el aparcamiento y nos aclaran la situación con más gestos que castellano. Pude saber en unos minutos que nadie había robado mi coche.
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Al día siguiente, tras pedírselo a varios taxistas, finalmente uno accedió a escoltarme por aquel barrio donde se encuentra el depósito de vehículos; y tomo la palabra escoltar en su sentido más literal. Muchos taxistas se niegan a que los habitantes del barrio les tiren piedras o algo peor, y están en su derecho, pero yo sin embargo no tenía más opción que exponerme a esos animalillos que su vástago consiente.
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Las Barranquillas es un mundo aparte. Es lo más parecido al reino de Mordor que he visto nunca. Las criaturas que allí viven caminan como sonámbulos, buscando entre la carroña el chute del día. No quiero ni pensar lo que me habría pasado si hubiera ido al depósito por la noche, como me recomendó la teleoperadora de Madrid Movilidad. El paisaje me hizo preguntarme en qué punto de Madrid acaba para Alberto su visión faraónica de la metrópoli y empieza la del cajón desastre, ese donde cabe toda la mierda y nunca se limpia.
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Durante la hora de espera que caracteriza a toda oficina administrativa pude oir testimonios de varias personas que decían que les habían destrozado su coche y robado el reproductor de música, y no sabían si echar la culpa a los yonkis que podían haberse saltado aquella valla de no más de tres metros o a los vigilantes de la empresa de seguridad privada que tiene contratado el ayuntamiento. Estos tendrían una perfecta cabeza de turco en caso de querer hacerlo, pensé.
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Finalmente pude sacar mi coche sin tener que pagar nada al no haber cometido ningún delito, salvo los 30 euros bien merecidos que se llevó mi taxista y protector. Jamás me había arrepentido tanto de haber votado a un político. Salí de ahí cagando leches.
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Bien, ayer, 15 de Noviembre, me dispongo a coger el coche para ir a casa de un amigo, cuando este no está. La historia se repite. Estaba aparcado en mi zona residencial, donde el pago anual del permiso de estacionamiento me lo permite. Y de nuevo no había ningún tipo de señalización de prohibido, ni siquiera esas diminutas pegatinas que a veces los guardias de tráfico ponen en las farolas. Esta vez no necesité ir al mismo infierno a recoger mi coche, pues estaba en el depósito de Colón, pero la sonrisa se me borró de la cara en el momento en que me dijeron que tenía que pagar 270 pavazos. Mis navidades se van al carajo.
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Realmente no todo está perdido. Quizá pueda recurrir la multa que me han puesto injustamente y me devuelvan el dinero. O quizá me toque la lotería.
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Lamento sinceramente que se vea usted envuelta en los excesos de su pimpollo, pero la realidad nos enseña día a día cómo pagan justos por pecadores y me llena de tristeza comunicarle que no he tenido más remedio que cagarme repetidas veces en su sacra cabeza.

Madrid, Noviembre de 2008

El Comediante

PD: La próxima vez que vea a su hijo puede decirle que si algún día nos vemos las caras en esta pequeña ciudad de ratas no aceptaré sus sobornos.

miércoles, 21 de mayo de 2008

El árbol de la ciencia

Y habiendo mordido el hombre del árbol de la ciencia, supo Dios que no tenía más que hacer en el paraíso y le expulsó de él. Supo, pues, que su última obra, que sin ser perfecta era la menos imperfecta, había cumplido sus expectativas. Le había puesto a prueba al hombre, dejándole al lado tan tentador fruto, y el hombre no le había decepcionado. Creó para él un nuevo lugar donde habitar y plantó sobre dicha tierra muchos árboles de la ciencia, tanto del bien como del mal, en iguales proporciones. Mandó al hombre allí y díjole: «Esta será tu nueva casa. Puedes comer lo que quieras de todo cuanto aquí se encuentra. Ya no me dirigiré a ti a no ser que tú te dirijas antes a mí. Tuya será la responsabilidad de lo que aquí hagas, pero te aconsejo que comas del fruto con moderación». Y habiendo creado al hombre a su imagen y semejanza, le concedió finalmente el don de la creación. Pudo Dios, entonces, descansar.

Hallándose el hombre sólo en su nuevo hábitat, se dispuso a comer del fruto que, antes prohibido, ahora encontrábase a su entera disposición. El primer día, justo después de tragar un fruto de color blanco, aprendió el hombre la difícil lección de la supervivencia. Empezó a alimentarse de los recursos que la tierra le ofrecía, y no tardó en dominarlos a su antojo, moldeando poco a poco su entorno en función de sus necesidades. Comenzó entonces a crear más hombres, por lo que le estuvo muy agradecido a la mujer, y ocupado en tales menesteres, abandonó aquellos árboles por algún tiempo, pues recordaba el consejo de Dios de no abusar de sus frutos.

Cuando se cansó, al segundo día, volvió a tomar un fruto del mismo árbol que la primera vez, y entonces creó la herramienta. Hizo con ella grandes avances en sus labores de recolección de alimentos y caza de animales, lo que provocó un ahorro de tiempo considerable. No sabiendo qué hacer el hombre con ese nuevo tiempo del que ahora disponía, comenzó a desarrollar el arte de meditar, que no consistía en otra cosa que intentar comunicarse con Dios, queriendo obtener respuesta a las preguntas que por arte de magia comenzaron a invadir su cabeza. Primero eran del tipo de «¿Cuánto tarda esta semilla en germinar?» o «¿Cuántas bestias hacen falta para alimentar a mi familia?», y luego se volvieron más complejas: «¿Por qué, Dios, me dejas aquí sólo y con libertad para comer de estos árboles?». Pero no obtuvo respuesta alguna por parte de Dios.

Enfadado con su creador, se le ocurrió entonces la vaga idea de que quizá la herramienta le ayudara a responder esas preguntas. Al tercer día, tomó nuevamente el fruto, que esta vez era negro, pues venía de otro tipo de árbol. Descubrió con él el opio, y aprendió con esta nueva cosa a viajar por mundos dispares y a utilizar la imaginación para recorrer terrenos de la realidad aún inexplorados. Con el opio en una mano y la herramienta en la otra, tomó una piedra e hizo de ella una obra de arte. Tenía forma de mujer, pues estaba agradecido por su don de crear hombres, y se la ofreció a esta a modo de adoración.

Pasó el tiempo, y el hombre hizo del hombre más hombres y de la herramienta más herramientas. Cuando se cansaba de usarla, iba a su cabaña y creaba hombres. Cuando se cansaba de utilizar a la mujer, iba a los campos y creaba nuevas herramientas. De vez en cuando usaba, también, el opio, y no volvió a intentar meditar. Pero surgió al cuarto día el dilema de que había demasiadas herramientas para un solo hombre y demasiados hombres para una sola herramienta, por lo que tomó otra vez el fruto blanco del árbol de frutos blancos. Descubrió entonces las ciencias puras, gracias a las cuales desarrolló importantes habilidades de gestión y logística. Dio a cada hombre una herramienta en particular, y dividió a la población en oficios y aldeas. Contento con la nueva disposición y con más tiempo libre que nunca, el hombre descansó el resto del día.

Al quinto día, el hombre se topó con su propio egoísmo. Descubrió, para su sorpresa, que cada aldea miraba por su propio interés y había frecuentes disputas sobre cuál tenía el derecho a explotar los campos colindantes. Aturdido, mordió del fruto negro y creó el arma, encontrando en ella una fantástica solución al problema. El arma se convirtió en el árbitro de la tierra. Las disputas se solucionaban con batallas, y las aldeas menos duchas en la nueva técnica eran o bien eliminadas o bien sometidas al poder de las más fuertes. Estas últimas cada vez podían explotar más campos, incluso los que no le eran cercanos, y la diferencia entre aldea y aldea se fue haciendo cada vez mayor.

Pensó el hombre que ahora tenía muchos enemigos y tenía que dedicar mucho tiempo y esfuerzo al arte de la guerra, que no podía ahora crear hombres y viajar a otros mundos con igual frecuencia, y que su vida era, por ende, peor. Desesperado, volvió a intentar comunicarse con Dios pero este no le respondió. Entonces arrancó del árbol otro fruto blanco, comió de él y creó la moneda al sexto día. Esta mostró ser mucho mejor árbitro que el arma, pues no necesitaba de batallas, muertes ni complicados manejos de armas; y reducía las disputas entre aldeas a un mero trámite, intercambiando unos bienes por otros anteriormente pactados. A pesar de que las aldeas más poderosas tenían acceso a más monedas y las diferencias seguían aumentando, las más débiles dejaron de verse acosadas y aceptaron el nuevo sistema. Se le ocurrió al hombre destruir su arma, pero pensando que podría volver a hacerle falta, la guardó en su casa. El hombre había ganado una vez más en tiempo libre y estaba contento por ello.

Pero la moneda trajo a la vida del hombre cambios más drásticos. Aun disponiendo de mucho tiempo libre, pues con monedas, oficios y herramientas, sus necesidades básicas se cumplían cada vez con mayor rapidez; el hombre cada vez viajaba menos a mundos imaginarios y ya no hacía el mismo caso a su mujer. A penas le regalaba obras de arte y cuando quería utilizarla no tenía más que pegarla con su arma para someterla. Descubrió que la moneda no era un simple árbitro, y había despertado en él nuevas necesidades. Cuando le sobraban monedas, utilizaba los excedentes para comprar a otras aldeas mejores herramientas de las que tenía, que a su vez le permitían hacer su oficio mejor y conseguir más monedas, que volvían a sobrarle y volvía a intercambiar, por lo que, en la práctica, las monedas ya no sobraban nunca. Esto supuso al séptimo día una obsesión patológica en el hombre, que siempre quería tener cuantas más monedas mejor y al final dedicaba más tiempo que nunca a su oficio. Tomó un fruto del árbol de la ciencia, pero nada pareció suceder. Entonces, en un desesperado intento de lograr que su vida volviera a valer la pena, trató de comunicarse con Dios, «¿Qué debo hacer?», preguntó. Y Dios le respondió: «Ama a Dios sobre todas las cosas y al prójimo como a ti mismo». El hombre decidió hacerle caso y su vida mejoró al instante, puesto que dejó de pensar en su propio interés y dispuso su existencia de un modo más tranquilo.

El hombre estuvo por largo tiempo más feliz que nunca. Ahora se comunicaba con Dios con gran asiduidad, y este parecía tener respuestas sencillas para las preguntas más complejas. Pero este abuso, como es adivinable, acabó volviéndose en su contra: se creó entre la relación del hombre y Dios una situación de dependencia extrema. Esperaba el hombre que Dios resolviera todos sus problemas y comenzó a eludir algunas responsabilidades. Así como en los malos momentos, no tardaba en culpar a este de sus desgracias. Puesto que Dios era el creador del mundo, él tenía la culpa de que una tormenta arrasara sus campos de trigo. Buscando una nueva solución, al octavo día volvió a comer del fruto, y entonces creyó darse cuenta de todo. Entendía el hombre que no era una creación de Dios, sino que este era creación suya: un producto del fruto del anterior día, que había actuado como el opio, haciéndole ver visiones de mundos y seres que no existían. Sumergido en una profunda cólera, cogió el hombre su arma, que había mantenido afilada gracias a sus nuevos usos domésticos, y escaló hasta la más alta montaña. Una vez allí, llamó a Dios a gritos, y cuando este apareció frente a él, le mató.

Y habiendo derrotado el hombre cara a cara a Dios, le expulsó de sus tierras. Ya no le necesitaba. Era su capacidad intelectiva y no Dios la que le había sacado una y otra vez de todos los entuertos que él mismo había ido creando. No volvería el hombre a intentar comunicarse con Dios, pues estaba muerto, y si tenía algún problema para el que hiciera falta una nueva solución, le bastaría con morder del fruto del árbol de la ciencia del bien y del mal, que mostrábase cada vez más útil. Y tal ocasión no tardó en aparecer: al noveno día se despertó el hombre viendo que había en toda la faz de la tierra un gran alboroto. Las personas, desprovistas ahora de un ente todopoderoso que les dijera como debían comportarse en cada momento, se encontraban ahora en eterno e insalvable conflicto. Los unos asediaban las aldeas de los otros, poniendo en juego su vida por un poco de pan, y no había castigo divino que pusiera las cosas en su sitio. Vio el hombre que era necesario instaurar un nuevo poder que acabara con la anarquía y el desequilibrio, propio de una sociedad que parecía haberse podrido. Y como por arte de magia, el hombre encontró la panacea definitiva para sus males mientras se alimentaba del valioso fruto. Reunió entonces todas las aldeas en un vastísimo territorio llamado «estado», e hizo creer a los demás hombres que todos formaban parte del mismo equipo, por lo que no tenían que arrebatarse las cosas entre sí, sino colaborar juntos por el «bien común del estado», concepto que él mismo se había inventado en su momento más lúcido. Para hacer más creíble esta invención, dotó al estado de poderes ilimitados, y en un intento del hombre de ponerse en la piel de Dios, creó una cantidad de normas incontables hasta para los cerebros más doctos, logrando así que el comportamiento humano se rigiese por una enmarañada red de leyes que nadie entendía pero que inspiraba temor y lograba mantener el orden. Para dotar a este personaje ficticio de más credibilidad, empleó a un gran número de personas cuyo oficio era mantener viva tal entidad, a cambio de una buena retribución y mayor flexibilidad de horarios. Una vez llevada a cabo la nueva artimaña y siendo evaluado su éxito, el hombre se hizo creer a sí mismo que tal invención existía. «El estado–se dijo- es la suma de todos nosotros» aunque la realidad era que unos formaban más parte de él que otros. Pero haciendo creer que tales diferencias no existían, logró el hombre que las personas más desfavorecidas en este nuevo sistema y que en un principio se mostraban reacias a él, intentaran luchar por tener cada vez mayor representatividad, y acabaron legitimando un sistema que les excluía.

Pero, ¿eran todos los individuos realmente iguales ante la ley? ¿Significaban algo la «razón de estado», «separación de poderes » y todas esas expresiones nuevas? ¿A quién beneficiaba realmente el «bien común»? «Afortunadamente, son estas cuestiones que el hombre tardará mucho tiempo en preguntarse» se dijo el hombre mientras mordía nuevamente del fruto del árbol de la ciencia, pues ahora que Dios había muerto no tenía por qué seguir sus consejos y comía de estos frutos hasta saciarse. Así desarrollaba el hombre cada vez con más rapidez nuevos utensilios que le harían su vida aparentemente más fácil, pero que provocaban a su vez nuevos problemas que requerían de nuevas soluciones. Y como una pescadilla que se muerde la cola, la vida del hombre se fue haciendo cada vez más complicada. Pero de lo que no se percató el hombre es que había dejado de diferenciar entre los frutos negros y los frutos blancos, pareciéndoles ahora todos grises. Y entre fruto y fruto, el noveno día terminó.





NOTA AL LECTOR: La historia queda abierta porque aún no está escrita, y no soy yo sino el hombre quien debe escribirla. Previsiblemente, el abuso del árbol de la ciencia desembocará en creaciones del hombre cada vez menos imperfectas, que acabarán superándole, ahogándole y sepultándole; y una vez el hombre haya sido vencido por su herramienta al décimo día, estas le expulsarán de la tierra y comenzará una nueva era donde tendrán que valerse por sí mismas, volviendo de nuevo al principio de la historia. Pero todo esto aún no ha ocurrido y puede que no ocurra nunca, pues el hombre es libre de sus actos y la historia no es ajena a puntos de inflexión, ya sea por una catástrofe nuclear, una revuelta del hombre contra el estado o, quién sabe, la resurrección de Dios.

Madrid, Mayo de 2008

Son Gohan II el Romántico

lunes, 12 de mayo de 2008

La canción del cultureta

Pegados a los anteojos
vemos la vida al trasluz
gafapastas o despojos
envidioso nos dirás tú

Con un chaleco estampado
y mis chapas de Espinete
del Elástico la gente
saldrá directa a mi rabo

Tira el mantel de la yaya
que con él me haré una toga
pues cuando falten las drogas
nos vestiremos a rayas

Vivimos la vida a lo indie
sin un pavo en el bolsillo
salvo para cigarrillos
y la discografía de los Wilco

Novelizamos a Al Gore
nos chutamos como Doherty
divinizamos a Björk
nos empedamos con Wyoming

Lubricar con Jean Luc Godard
en cada salto de eje
partirse con Billy Wilder
aunque no hacer gracia intente

Hasta donde hemos llegado
contemplad el disparate
a eructar lo llaman arte
si es cine dogmatizado

¡Qué bien! ¡Qué bien!
¡El año de Bardem!

Qué sorpresón el que viene
Fran reaparece en la tele
cuán boquiabierto me deja
Concha apoyando al cejas

Recemos al Arquitecto
rociados de champán
que José Luis no entrará
en nuestro grupo selecto

Qué desfachatez la mía
meterme en esta tarea
sin idea de poesía
ni padrino que me lea

Mas no pretende mi canción
ganar ningún galardón
gafa de oro dos mil ocho
o cualquier otro bizcocho

Sólo inclinar mi sombrero
y tocar fuerte mi corneta
ante el señor Rockefeller
y la panda cultureta

¡Qué bien! ¡Qué bien!
¡El año de Bardem!
Pedro con su gran ganga,
Medem rojo y amarillo
brindando en El parnasillo,
Najwa les seca el tanga
¡Qué bien! ¡Qué bien!
¡Comemos con Isabel!
Madrid, Mayo de 2008
El cuarto drugo

miércoles, 27 de febrero de 2008

Entrevista a Iker Jiménez

Se trata del mayor experto en fenómenos paranormales del país. Con varios libros de éxito a sus espaldas y programas semanales en radio y televisión, Iker Jiménez es uno de los periodistas más valorados de la actualidad. Su manera particular de enfocar cuestiones esotéricas ha despertado legiones de seguidores, así como grupos de escépticos.

El periodismo es una vocación, y el caso que hoy se nos presenta es un gran ejemplo de ello. Iker lleva dedicándose a la investigación de lo desconocido desde muy pequeño. Para él, todo surgió de una forma mágica: la misma noche en la que descubre la posible existencia de ovnis en un viejo libro son avistados varios de estos artefactos en su ciudad. «Imagina el impacto para ese niño. Rompí mi hucha, me compré una grabadora y me fui en bici a preguntar a la gente por el suceso. La gente lo veía una locura», nos cuenta. Comenzó sus andanzas por el mundo de los fenómenos paranormales de la manera más pasional, y para él es lo más importante. «No hay que perder nunca el espíritu de ese niño, esa ilusión tremenda que a fin de cuentas es lo que te mueve», ese goce por todo en lo que trabaja puede leerse en cada una de sus palabras y se transmite a cada oyente. «Uno tiene que seguir su corazonada siempre, es la única forma de ser feliz con todo esto», sentencia el periodista.

Aunque aún es muy joven, ha pasado muchos años entregado al periodismo de carretera y la radio local antes de que le dieran la oportunidad de dirigir un programa en la cadena SER. «Yo casi todo lo que sé lo aprendí en esas radios», nos confiesa. El éxito fue inmediato. Despertó en el país un deseo de hablar de estos temas que aún resultaban un tabú para la sociedad y que si en algún momento se trataban en los medios, era a modo de sátira: «El gran reto era demostrar que catedráticos, policías y científicos pudieran hablar del misterio». Iker se manifiesta muy agradecido con su casa, la cadena SER, por haberle dado esta oportunidad.

Y en 2005 da el salto a la televisión, convirtiéndose automáticamente en líder de audiencia de todo un canal. Preguntado por las diferencias entre los dos medios, Iker lo tiene claro: «La radio es un ente muy especial. Parece que te está hablando directamente a ti. Pero la tele es una caja de resonancia muy grande, su impacto es mortal. Lo que cuentas está en la calle al día siguiente». La televisión representa para él un universo por explorar, y a pesar de su complejidad y de todas las trabas que se abren, disfruta entendiéndolo como un nuevo reto.

P: El rigor informativo de sus programas está apoyado por varios premios de ámbito nacional, pero sigue despertando escépticos en muchos sectores. ¿Por qué cree que se ha ganado tantos enemigos sin atacar a nadie?

R: Hay un proverbio chino que dice «A clavo que sobresale, ¡martillazo!». Esto que me pasa a mí le pasará a cualquier profesional, sobre todo si está emocionado con lo que hace, porque cuando uno tiene emoción por hacer las cosas, se enamora de su oficio, cree que tiene cierta misión, que esto no es solo para ganar dinero… Estoy convencido que esto le pasa a todos los gremios profesionales. Hay una sociedad siempre a la contra. Hay un cuadro de Goya de las «Pinturas negras» que es La pelea de trancas: dos tíos matándose con una tranca, un juego español antiguo, sin salida, hasta la muerte. Eso se llama país cainita, país que destruye lo que hace nada adoraba. Pero además hay parte de la sociedad que no quiere que se hable de esto, que prefiere apaleamientos en la tele, la mujer denigrada… o peleas de travestis, yo qué sé.

P: E incluso subconscientemente se niegan a oírlo.

R: Claro. Y no estamos hablando de gente que se rige por un principio claro. Yo pienso que hay corrientes de pensamiento. A mí me han criticado, imitado, programas a la contra y tal; y yo nunca he respondido, jamás, porque no puedes impregnarte ni un minuto.

P: Les estaría dando la batalla ganada…

R: Y además te vas a contaminar de negatividad. Puedo decir con voz alta que han intentado censurar mi programa… grupos que luego son cincuenta, sesenta o cien, pero que representan una sensación de que hay temas prohibidos. Da miedo cierto conocimiento, y es muy fácil decir «jeje, el de los fantasmas…» pero luego científicos premiados están conmigo, o los forenses más prestigiosos del país… Hay parte de la sociedad que prefiere seguir cuadriculada, pensando que todo se conoce, que no hay ninguna sorpresa por desvelar, y todos bien controladitos. Porque lo que yo cuento no cae bien a ningún político, sinceramente; porque es en el fondo un programa de alguien que se cuestiona casi todo y que no se cree ni se deja de creer casi nada. Saben que soy peligroso porque cada semana hablo en radio y tele para millones de personas, ¿y qué mensaje hay por encima de todo? «Oye, no lo conocemos todo, hay cosas por explorar…».

P: A contracorriente de todo orden.

R: O por lo menos del orden que algunos quieren imponernos. Mucha gente cuando ve ciertos programas, Buenafuente o quién sea… no sabe lo que hay detrás. Y no saben que el mismo sitio donde ellos están trabajando igual me ha hecho una oferta, que hay una batalla por ofertas… no saben ni tienen por qué saberlo. Hay muchos intereses ahí.

P: Económicos sobre todo. «Ladran luego cabalgamos», que diría Cervantes.

R: Exacto. ¡Esa es la frase! Pero es difícil, y hay momentos en que te duele. Te critican, hacen burlas, con tu familia… Pues, hombre, agradable no es. Y me han intentado censurar, aniquilar, herir, me han hecho programas a la contra… pero pasa el tiempo y, ¿dónde está todo eso? Yo sé que sigo, y que el fin de semana que viene hablo a millones de personas, y que la gente se emociona con lo que yo hago.

P: Ha dicho que le han intentado aniquilar… entiendo que profesionalmente.

R: Sí, por fortuna físicamente todavía no [Ríe]. Profesionalmente muchas veces, muchas trabas. Es más, uno repasa un poco su vida y es traba sobre traba.

P: Sí, sí. En cualquier profesión. Y enlazando un poco con aniquilamientos profesionales, me pareció de especial interés algo que dijo una vez en Cuarto Milenio, concretamente en el reportaje sobre los «hombres de negro». Decía que en la actualidad había ciertos temas tabú, imposibles de tratar en ningún programa. ¿No me puede decir nada al respecto…?

R: Has seguido bien el programa, ¿eh? Me hace mucha ilusión. Pues hay ciertos temas tabú en este país… Te vas a llevar una cosa de la que yo nunca he hablado.

P: Si quiere apago la grabadora…

R: ¡No, no! Que lo pongas, no hay ningún problema. Te voy a decir temas que son tabú. Hace poco me he cruzado con un tema que a mí me impresionó mucho: Chernóvil, la central nuclear, porque he sido consciente de cómo se engañó al mundo, clarísimamente. He seguido el rastro, y estoy pensando en hacer un gran documental. La gente va a ver cosas que no ha visto nunca: 74 aldeas bajo tierra, borradas de la faz de la tierra; animales extraños que han crecido en ese algo, y gente que de repente por su fe se ha curado... Todo un mapa de misterios en un lugar del que no nos dijeron nada, nos engañaron. ¿Tú habías nacido en el 86?

P: 88.

R: Pues tuviste suerte, porque todos tuvimos que respirar algo de eso. Es la sensación de cómo los poderes manejan la información. Es un tabú internacional grandísimo. La mayor catástrofe del siglo XX sobre el medio ambiente, que la gente esto no lo sabe, tienen una imagen de «una grieta en un reactor», ¡No! Es un reactor abierto al aire durante más de un mes, emitiendo al aire… y te digo una cosa que es sobrecogedora, no lo conté ni en la radio. Si tú lees el Apocalipsis de San Juan, hay unos ángeles que tocan las trompetas y anuncian el fin del mundo, es una profecía y seguramente no tenga razón pero te voy a contar una casualidad que a mí me ha dejado… El tercer ángel tocó la trompeta y una gran estrella contaminaría la tierra, llegaría a las aguas, las volvería negras… esa estrella o fenómeno se llama «Ajenjo». ¿Sabes lo que significa «Chernobyl»? «Ajenjo».

P: Madre mía.

R: ¿Es fuerte, eh? «Chernobyl» en ruso es «ajenjo», una hierba negra que se utilizaba antiguamente ¿Casualidad? Claro… para un científico es casualidad, pero para mí es una señal para investigar algo. Otro hecho muy importante que nos han oscurecido: en España el tema de las niñas de Alcàsser todavía no está resuelto: esas niñas asesinadas, el fugitivo Antonio Anglés, que las encontraron con síntomas de rituales… hubo un follón muy grande, con la sensación de que gente muy poderosa estaba relacionada.

P: Gente… ¿poderosa?

R: Sí, poderosa. Otro gran tabú en España: la colza. En 1980 seiscientos mil españoles son contaminados por aceite adulterado. Se produce una contaminación de una forma terrible en toda España, con políticos implicados. Se cargaron a una gran parte del país y todavía hay miles de enfermos. Pues son temas que a mí me gustaría tocar, pero sé que mientras no descubra algo muy gordo no me voy a meter porque sí que son peligrosos. Tienen que ver con la experimentación en el ámbito de la biología, con el dominio de la población… hay temas tabú.

P: Cuando hablamos de grupos poderosos, ¿estamos hablando de sociedades secretas?

R: No. Yo creo que sobre eso hay mucha literatura, sinceramente: la masonería y tal… Que pudieron tener antes un poder muy grande… sin duda. Pero creo que los grandes poderes de hoy son lo que llaman lobbys de grandes multinacionales: el del nuclear, del antinuclear… corrientes de pensamiento muy grandes que están dominando el mundo.

P: Dueños de conceptos…

R: Exacto. Designan miles de millones para que de repente una noticia se ponga en boca, que se consuma de repente X producto en el mundo y luego descubramos que es malo… en fin, que moderan las formas de pensamiento. Yo creo que los grupos de poder no tienen por qué reunirse con cuatro símbolos esotéricos.

P: Va más por temas económicos… y sistemas de control. Y en cuanto a temas tabú, para mí uno de los más importantes es la vida extraterrestre. El caso de Roswell me parece de los más espectaculares.

R: Sí, porque al final es que ya nunca sabremos lo que pasó. La gente no sabe es que es muy fácil que algo se esconda en un agujero negro, se cree que es muy difícil y no: es mucho más fácil hacer que un tema se olvide que hacer desaparecer un cadáver. Mira, con el tema de Chernóvil, yo he visto informes de científicos admitiendo que no está mal vivir con una capa de radioactividad debajo, que incluso es bueno…

P: Científicos hay de todos los colores…

R: ¡Claro! Yo creo que si descubrieran una prueba clara de existencia extraterrestre la darían… con ciertas cautelas, pero hay elementos que no se cuentan. Los poderes fácticos creen que somos lo que somos: compradores de cosas, de pensamientos… y piensan por nosotros. Cualquier tema un poco polémico se esconde. Sólo digo que es muy fácil convencer a la gente, muy fácil, y cuando estás en la tele te das cuenta.

P: Sobretodo estando arriba, y con una buena agenda telefónica…

R: Es fácil. Se hace un debate y a cualquier tema le puedes dar la credibilidad que tú quieras. Entonces hay confusión, y no se habla más… y nadie demanda que se hable más. Estamos todos tan saturados de información… que acabamos haciéndonos un caos.

P: ¿Y no tiene ningún motivo en especial por el que cree que el gobierno americano escondería la existencia de vida extraterrestre en caso de tener constancia de ello?

R: No sé si es una evidencia. No me cabe la menor duda de que, por ejemplo, en el desierto de Nueva México se estrelló algo, porque ellos mismos lo dijeron… y lo calificaron de «platillo volante». ¿Qué no lo sabremos nunca? Seguro. Han ocurrido en Rusia también algunos casos parecidos. Yo creo que no estamos solos evidentemente. Ahora, que tengamos la prueba escondida… sería muy difícil en los días que corren.

P: Cuando intenté contactar con usted, me sorprendió que no usara teléfono móvil. Hay quien afirma que personas con accesos a los datos de compañías telefónicas, podrían localizarte a través de tu móvil en cualquier momento, e incluso activar el micrófono y escuchar tus conversaciones sin que te enteres de nada.

R: ¡Eso no lo había oído yo! Pues no me extrañaría nada. Ahí está Santi Camacho y le tienes que contar eso ahora… Buen tema. El control de la sociedad es evidente y a todos los niveles.

P: Y de manera más sutil. Haciéndole creer que cada vez tiene más libertades.

R: ¡Claro! Muy sutiles y a muchísimos niveles. Como tú bien has dicho, creyéndonos que estamos en una panacea de la libertad; y sin darte cuenta recibes muchas cosas pero muchísimas se te quedan ocultas, con lo que ya no eres tan libre. Mi caso del móvil es que ya ni lo utilizaba porque era imposible, si lo tengo encendido son todo el rato llamadas. Faltaría más, creo que el móvil e Internet son grandes avances, y que van a generar muchos logros futuros.

P: También hay quien cree que mientras algunos temas que expone en su programa parecen de lo más creíbles, otros se asemejan más a típicas «leyendas de la abuela», que solo buscan asustar al personal. Da un poco la sensación de que en algunos momentos del programa acaba la información y empieza el espectáculo, ¿no le parece?

R: Me parece muy interesante, y creo que tienes razón, ¿y sabes por qué? Porque yo soy eso. Con esas historias de la abuela, y con esas historias de pueblo, que ojalá nunca se olviden, yo creo que hay una enseñanza profunda. Y para mí lo has definido perfectamente, esa pregunta no me la ha hecho nunca ningún periodista. Para la gente muy creyente en muchas cosas yo soy demasiado aséptico, lejano y supuesto… Creen que no me mojo pero es porque no sé. La gente quiere que le cuente que esto es un fantasma, que esto es tal… lo sé perfectamente. Es más, yo sé cómo puedo tener mucha más audiencia, perfectamente; y de qué forma enfocar las cosas. Y sin embargo he intentado hacer un programa que sea muy parecido a lo que en el fondo es su creador. Al final Félix era su programa, «Chicho» era sus historias… y yo tengo esas dos caras. Esta pregunta me hace analizarme. Por un lado bebo de ese periodismo de rigor… pero hay otra parte de mi ser que vive en lo ancestral, en la reunión de pueblo, en la leyenda, en la historia oscura… ¿Y por qué esto no casa? Yo creo que todas estas historias tienen un mensaje. Y entiendo que a alguna gente pueda frustrar o no convencer, pero se está tratando lo que yo siento en estos temas. Yo creo que navego entre una serie de historias en las que tampoco sé dónde acaba la ficción y dónde empieza la realidad a veces, porque al final no se sabe muy bien lo que es ficción y lo que es realidad. Es como el hombre que vive y sueña. Nos enseñan a que el sueño no es realidad, y eso es una mentira muy grande. Y habría que leer a los grandes pensadores.

P: Digamos que el sistema, en la medida en que va avanzando en herramientas de control, va separando cada vez más el mundo real de ese otro «mundo de las ideas», que parece que no está ahí porque no se puede palpar, pero que nos envuelve e influencia igualmente. El sistema buscaría, en favor del orden, romper todo nexo entre los dos mundos.

R: ¡Sin duda! Lo que tú estás nombrando es el «inconsciente colectivo», de Carl Gustav Jung: que mi abuela en Navarra contara historias que son las mismas que cuentan en un rincón de La India, los miedos comunes, los símbolos globales… que pertenecen a ese otro mundo. Y tú lo puedes llegar a sentir. Existe una trascendencia muy rara: tú con cierta música ves una determinada pintura en El Prado y ves las cosas distintas, como si la pintura te hablara. Esto resume por qué mi programa tiene esas dos cosas, y no puede sustraerse a la emoción que le produce la vía del inconsciente.

P: Bueno, ya para terminar, la pregunta inevitable: ¿qué hay de sus próximos proyectos?

R: [Ríe] Bueno, yo creo en lo que decían los antiguos del Ánima mundi: esa especie de energía vital que te mueve. Esa es la que tiene que decidir, porque yo puedo pensar algo, y al final se te cruzan cosas. Cuando llegamos al programa trece de Cuarto Milenio, dije que me iba. Nunca hubiera pensado que se iba a ir transformando en algo que se parece a lo que yo creo que es el misterio. Echo de menos escribir, pero la tele es un altavoz muy grande, y me gustaría difundir algunas cosas importantes… y luego Dios, el Ánima mundi, o lo que cada uno crea, dirá.


Madrid, Febrero de 2008