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Danny Boyle, padre de películas de lo más dispares tanto en forma como en fondo, firma el film. En su haber tiene desde maravillas como Millions hasta fiascos como Sunshine; siempre tan irregular, pero siempre tan interesante. Y es que en toda su variopinta filmografía encontramos una chispa de algo no muy frecuente en el panorama cinematográfico actual: la firme voluntad de ensayar, de experimentar y de innovar con el lenguaje audiovisual, de demostrar que no está todo descubierto y que se pueden hacer cosas nuevas. Será el triunfo o fracaso de estos experimentos con los que adorna sus películas lo que condicione que cada una de ellas tenga su hueco en el Olimpo o en el Averno del cine, respectivamente.
El cineasta británico se traslada esta vez a la India para contarnos una estupenda historia que mezcla fantasía y realidad como sólo él sabe hacerlo. El argumento, basado en la novela de Vikas Swarup, narra cómo el joven Jamal logra acertar todas las preguntas de un famoso concurso de televisión y se convierte en millonario de la noche a la mañana. Pero lo verdaderamente interesante de esta historia, aparentemente sencilla, es lo que queda lejos de las cámaras del show: el conjunto de vivencias que desde muy pequeño han ido moldeando su personalidad y los numerosos obstáculos que el chico, huérfano y sin recursos, ha tenido que ir superando para poder sentarse frente a frente con un presentador hosco y apostarlo todo hasta el final para salir de pobre al estilo americano.
La relación de Jamal con su hermano Salim y su amada Latika conforman el motor de la historia, conduciéndolos a lo largo de su juventud por la miseria de un Bombay arrasado por la guerra y las crueldades de sus habitantes implícitas a tal situación, tornándose hacia la picaresca en las zonas turísticas del país y desembocando en un ambiente de bandas y pistolas que fuerza su separación. Tal recorrido irá construyendo el personal acercamiento de Boyle a la India, no exento de alguna que otra reflexión acerca de los problemas del país, como el apego a la religión, que les lleva a destruirse unos a otros, o la difícil convivencia de rasgos occidentales en una cultura oriental.
Todo ello constituye un lienzo que queda a medio camino entre el realismo severo con el que se recrean los suburbios de Bombay y el ilusionismo de ciertas escenas, concretamente las referentes al romance de los protagonistas, acompañados de una música que te eleva de sucias calles hacia climas oníricos en un par de segundos. El conjunto resulta una visión de la India básicamente impresionista. No podemos olvidarnos del marco que encuadra toda la pieza: el programa de televisión, un escaparate fantástico de luces y tinieblas que muestra más que nunca la espectacularización de la televisión, un medio definido muchas veces como el espejo de la realidad y que en esta película se presenta como todo lo contrario, como una «forma de escapar», en palabras de Latika.
Jamal, perteneciente a las clases más bajas del país, logrará en televisión lo que ningún experto había conseguido: llevarse el máximo premio. El chico queda ya perfectamente definido en la escena en la que de niño salta por un cobertizo de excrementos para conseguir el autógrafo de un actor famoso. No duda en ensuciarse de arriba abajo para poder tocar tan sólo por unos segundos ese sueño que el cine siempre le ha vendido, mostrándonos que cuando se plantea un objetivo, no parará hasta conseguirlo, sin importar qué o quién se interponga en su camino.
La historia no oculta en ningún momento su tono de cuento de hadas, por lo que no se puede achacar al guión que peque de poco realismo en lo referente a cómo el joven logra su objetivo y se convierte en millonario, en una secuencia que, de manera parecida al principio de la película, se intercala con la muerte de su hermano, bañado en billetes. Esta escena sí que resulta algo más forzada, al no entenderse del todo por qué Salim ayuda a Latika a escapar y acaba asesinando a su jefe, cuando su actitud durante el resto de película había sido la contraria; pero sirve para contraponer de manera muy clara los destinos distintos que han elegido los dos hermanos, arquetipos del bien y del mal en su sentido más clásico, recordándonos a las historias sobre fortuna y desdicha de aquellas hermanas huérfanas escritas por el marqués de Sade.
Como decíamos, es esta mezcla explosiva de fantasía y realidad lo que hace de Slumdog Millionaire un film verdaderamente interesante. Resulta crucial la buena mano de su director, que ya se había mostrado experto en recrear alucinaciones en películas como La playa o Trainspotting. El cineasta conduce con genialidad a los espectadores por estas ideas tan enfrentadas dejando ver en todo momento una excelente técnica. La dirección, el sonido y el montaje se funden de manera perfecta en cada escena, logrando que ninguno de estos ingredientes destaque sobre otro con el objetivo de que lo que el espectador perciba sea un conjunto armonioso, y en definitiva, una idea abstracta, algo que sólo los grandes maestros saben hacer con un aparato cuya función principal es, aparentemente, captar la realidad.
El ordenamiento de planos cercanos y amarillentos con un sonido ambiente que tan pronto está en un segundo plano como pega grandes subidas en los momentos tensos logra que los barrios indios por los que se mueven los personajes resultan verdaderamente asfixiantes, y a su vez contrasta hasta el extremo con la azulada temperatura del programa de televisión, con los grandes angulares, con los picados de las secuencias más oníricas, y con el sometimiento de estos elementos bajo el primer plano de una música artificiosa, por otra parte brillantemente elegida.
El montaje, del mismo modo, logra introducirnos en ese mundo de sueños sin ni siquiera darnos cuenta, logrando un ritmo muy bien llevado y sin altibajos, que te sumerge de lleno en la historia y conforme los conflictos que Jamal ha de superar se van haciendo más grandes y las preguntas más arriesgadas, la empatía con el protagonista crece, consiguiendo ser partícipe de sus emociones y viviendo estas últimas preguntas con gran intensidad.
El cóctel se aventura ya al principio de la película, con una atípica superposición de secuencias con Jamal presentándose en el programa mientras el público le aplaude, y en la comisaría mientras un policía le abofetea y tortura; y tendrá su colofón tras el happy ending, cuando se da paso a los créditos. Entonces, como si de una película de Bollywood se tratara, los personajes de la historia bailan sobre la estación de trenes, centro neurálgico del ambiente urbano que antes se había retratado de manera muy distinta, recordándonos a todos que lo que acabamos de ver es una película, y como tal, fantástica: estaba escrito.
Valoración: 8.5/10